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Opiniones de hoy

Sacando agua del barco mientras nos estrellamos contra los peñascos

opinion

La persistencia y frecuencia de las crisis muestran que los problemas no son ni pueden ser de naturaleza coyuntural.

La precariedad material en la que vive la población guatemalteca solo puede compararse con la famélica vocación política e ideológica de los sectores dominantes que echaron los endebles cimientos de este país. Esta precariedad social se ha sedimentado a lo largo de la historia y ahora se refleja en una indolencia ciudadana que raya en la irresponsabilidad colectiva. Este fenómeno permite explicar el relativo, aunque seguramente efímero, dominio de la mafia gubernamental.

La persistencia y frecuencia de las crisis muestran que los problemas no son ni pueden ser de naturaleza coyuntural. Parafraseando a Roberto Gargarella, enfrentamos una crisis estructural que, para efectos prácticos, refleja la simple derrota del derecho. Este orden de injusticia, huérfano de principios, se beneficia de la nueva ola de autoritarismo que quiere imponerse en la región latinoamericana, área en la que Guatemala reitera su continua vocación de retraso. La mascarada constitucional es prueba de ello.

No se aprendió la lección de la lucha contra la corrupción boicoteada en la vergonzosa Presidencia de Jimmy Morales. Se vuelve a retomar el discurso de la transparencia, sin tomar en cuenta que la reciente lucha contra la corrupción fracasó cuando se tocaron las estructuras de poder que amplifican su dominio en momentos de auténtico caos. El patriarcado, la desigualdad económica, el racismo, la exclusión y la violencia no son problemas de transparencia, sino que responden a estructuras cuasi-sociales que excluyen los principios de reconocimiento sobre los cuales descansa una sociedad bien ordenada. El derecho ha sido derrotado en Guatemala y poco puede lograrse si la lucha social se reduce a esfuerzos jurídicos. 

En esta pandemia, la mafia gubernamental ha llegado a extremos que, francamente, son inconcebibles en cualquier país civilizado y los sectores sociales parecen no decidirse a actuar con base en sus propios medios para defender sus intereses más básicos. Mientras otros países aceleran sus planes de vacunación, el gobierno de Guatemala ni siquiera toma con seriedad el desafío. La necrocorrupción alcanza los niveles que corresponden a un pueblo que acepta cualquier vejación. 

Desde luego, Estados Unidos observa con preocupación lo que sucede en Guatemala. Algunas de sus medidas lo muestran con claridad, pero la sociedad guatemalteca parece resignarse al destino más pequeño que se le pueda ofrecer en este contexto. Los referentes existen, pero la tarea de pensar y actuar en consecuencia no es asumida con seriedad. 

¿Hasta dónde quiere sufrir la sociedad guatemalteca? ¿Hasta dónde está dispuesta a llegar en la subyugación cotidiana de este gobierno que no debería existir un día más? Ya no se puede soportar más, pero no quedan atrás las diferencias para lograr la unidad.

Se quiere tapar los agujeros que nos hunden y no hay nadie que se percate de que el barco va directo a los peñascos. No importa la sed del futuro; ni siquiera preocupan los cambios tectónicos que se acelerarán después de la pandemia.

Esos problemas, que ya han empezado, crearán crisis inconcebibles a cinco años de ahora. Sin embargo, simplemente nos acostumbraremos a vivir con menos agua; quizás sea un consuelo la resiliencia por no decir resignación, frente a los desastres. La violencia empeorará, pero nunca conectaremos los puntos de un acertijo que sería fácil para cualquier ciudadanía con suficiente energía política.

La única solución es buscar la unión social que logre plantear la desobediencia civil y la resistencia constitucional. No se puede sectorizar la lucha, puesto que es claro que el enemigo es el caos neoliberal en clave finquera. No existe una razón válida para seguir como peones en una finca con injusticia tan ardiente. No nacimos para eso. ¡Despertemos!

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