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Opiniones de hoy

Mucho miedo

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“Estamos socialmente entumecidos”.

Miedo: una emoción caracterizada por intensas sensaciones desagradables, provocadas por la percepción de un peligro real o supuesto. La campaña provocada en redes hace algunas semanas es un primer paso que pone en evidencia la sociedad que tenemos y el miedo que padecemos. #TengoMiedo. Una donde las mujeres valientemente alzan la voz. 

Existe el miedo real, cuando su dimensión está en correspondencia con la dimensión de la amenaza. Pero existe el miedo neurótico, cuando la intensidad del ataque de miedo no tiene ninguna relación con el peligro. 

Estamos socialmente entumecidos. El miedo neurótico nos paraliza: ve micos aparejados en cada esquina; ese que inventa mitos, que crea fantasmas donde no los hay y se vale de estereotipos. Ese que es inyectado por poderes oscuros, cuyo único interés es que esto no cambie. Ese que en todo ve amenaza. El que nos asusta con el petate del muerto:

Hay un miedo neurótico a la organización, a la ideología, al pluralismo, a la paridad, al feminismo. A las reivindicaciones. Miedo neurótico a los colectivos. A los pueblos, a las voces, a la diversidad, a la diferencia. A decir las cosas como son. Miedo neurótico al cambio, a las ideas, a aceptar que hemos fracasado. 

Sí, el miedo neurótico coarta la libertad. Nos ata de pies y manos. Es mordaza. ¡Ese es su fin!

Pero el miedo real puede ser un mecanismo de sobrevivencia que nos permite ver la verdad. Deberíamos tener miedo, ¡sí! Pero miedo a no cambiar. Miedo a más estancamiento (¿más?). Miedo al empoderamiento permanente de la política del sarro, al descaro insaciable. Miedo a los pactos perversos. Miedo a que en el impasible gobierno les venga sin cuidado el hambre o el combate a la pobreza… 

Miedo real a continuar mancillando esta enclenque democracia “gatoparda”. Miedo a no poder organizarnos para hacer cambios sustantivos. Miedo a no respetar la dignidad ajena. Miedo a sucumbir ante mentiras y difamaciones de políticos oscuros. Miedo a no pensar. Deberíamos temerle a no amar con locura. Deberíamos temerle al caos en el que vivimos, a la indiferencia, a la burla y prepotencia política. Al absurdo en que nos convertimos, a no tener empatía. A no resolver esta historia de final infeliz. A dejarnos engañar. Deberíamos tener miedo a la ceguera colectiva. Y a no ver más allá de lo vidente. A la violencia empeñada contra niñas y mujeres. Miedo a las Cortes cooptadas, a la justicia tomada, a la concentración de poder. A los títeres del crimen organizado. Miedo a que la sombra haya ganado la batalla.

El problema es lo que hacemos con ese miedo real de amenazas reales, porque con denunciarlo ya no basta: si se trata de un mecanismo que nos empuja a la transformación, a la prosperidad, al florecimiento, a la organización, a la denuncia, al grito, entonces tengamos miedo, ¡sí!, mucho miedo a la paralización. ¡Terror! ¡Pánico!

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