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Opiniones de hoy

Que no cante la sirena

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Es tiempo, estimado lector, de dejar de preguntarse qué puede hacer el país por nosotros y empezar a hacer algo nosotros por él.

Recientemente, la prestigiosa encuestadora CID Gallup realizó un extenso sondeo para medir la popularidad de los presidentes de América Latina. Los resultados de la encuesta son extremadamente reveladores (así como preocupantes) para todos quienes aspiramos a una legitimidad republicana y democrática sólida en la región. La consultora decidió medir la conformidad de los distintos pueblos de la “patria grande” con sus mandatarios, respecto a su gestión en este último año de pandemia. Poniendo el foco en América Central, el político mejor valorado resultó ser el presidente salvadoreño Nayib Bukele. El centroamericano es una de las figuras del momento y una tweetstar consolidada de las latitudes tropicales. Por otro lado, el istmo también terminó llevándose los galardones más deshonrosos de la lista. Los jefes de estado peor valorados de América Central resultaron siendo Carlos Alvarado, primer ciudadano de Costa Rica, y Alejandro Giammattei, presidente de Guatemala. La significancia de estos resultados no es menor. La imagen pública de los presidentes de la segunda democracia más consolidada América Latina y la economía más grande de América Central (24 y 27 por ciento, respectivamente) palidece ante el 83 por ciento obtenido por su homólogo salvadoreño. Además, obteniendo este último una victoria legislativa apabullante de la mano de su retórica antisistema y sus ademanes autoritarios. Por ello, considero pertinente reflexionar sobre la omnipresente e interminable crisis de legitimidad institucional que nos une a los centroamericanos y sobre qué podemos hacer al respecto.

Definitivamente, es difícil ser demócrata, aún más, defensor de la República en una región en donde ninguna institución parece funcionar como debería. Demagogos, charlatanes y dictadores en potencia endulzan el oído de un pueblo cansado y perdido. Se escuchan promesas de seguridad, paz, tiempos mejores o una infame mezcla de las tres. Los lobos disfrazados con piel de oveja aprovechan la frustración, rabia y desesperación de una ciudadanía con mentalidad cortoplacista. Dicha manera de pensar es fruto de una sola cosa: la necesidad. Cuando en las alternativas políticas actuales no se encuentran la inmediatez y eficiencia necesaria para escapar de la miseria, [1] estos politiqueros encuentran terreno fértil. Saltarse los procesos de deliberación, los pesos y contrapesos, y las instituciones informales que salvaguardan las libertades es un canto de sirena que hace eco a lo largo de nuestra turbulenta historia. La nostalgia por las figuras caudillistas de nuestras democracias vigiladas y regímenes autoritarios seguirá estando presente mientras la intransigencia de la clase política siga matando lentamente de inanición la esperanza de la ciudadanía en un futuro mejor. 

Visto lo visto, estimado lector, queda hacer una sola pregunta, la más importante de todas: ¿Qué podemos hacer al respecto? La respuesta a esa interrogante, a mi parecer, puede encontrarse en una sola palabra: participar. Si queremos construir una mejor sociedad, no nos queda otra que ensuciarnos las manos. Una clase política cínica e indiferente jamás cumplirá la voluntad de un pueblo en el que vea reflejadas esas mismas actitudes. Si queremos que las cosas cambien, tenemos que hacer que nuestros representantes rindan cuentas. Nos toca fiscalizar todo, desde un opaco proceso de elección de cortes hasta la arbitrariedad de una autoridad ejecutiva que se ampara, cobardemente, en apoyo popular. Si eso no fuera suficiente, hay que estar dispuestos a formar a los líderes del mañana, aprendiendo de las enseñanzas del pasado, conduciéndose con ética y virtud en el presente y, sobre todo, no perder la esperanza en un mejor futuro. Roma no se construyó en un día y mucho menos la van a construir por nosotros. Es tiempo, estimado lector, de dejar de preguntarse qué puede hacer el país por nosotros y empezar a hacer algo nosotros por él.

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