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Opiniones de hoy

Ni Chávez ni Pinochet

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Ni Bukele ni otros líderes que puedan surgir, tienen que devenir en, como nuestro triste pasado hace suponer, “un Chávez o un Pinochet”.

“El dinero alcanza cuando nadie roba” – Nayib Bukele, presidente constitucional de El Salvador, el 22 de febrero pasado, en el acto de entrega simbólica del primer lote de computadoras personales destinadas “al 100 por ciento de niños y jóvenes que estudian en todas las escuelas del sistema público” (aproximadamente 1.2 millones de estudiantes) del hermano país.  Pagadas 100 por ciento por el Gobierno, que aumentó el presupuesto del Ministerio de Educación -contra férrea oposición- hasta el equivalente a un 5 por ciento del PIB salvadoreño, forman parte de un renovado programa escolar que incluirá ahora un segundo idioma (mayoritariamente el inglés) y que será impartido usando computadoras en todo y conducido por “un magisterio gobernado por la meritocracia y no por el amiguismo”.  “La dignificación física de las escuelas costará menos de lo que se han robado los anteriores Presidentes”, como “el izquierdista” Mauricio -el funesto- Funes, huésped del sátrapa nicaragüense Daniel Ortega, y a quien se le conocen -oficialmente- robos por US$351 millones; o como “el derechista” Antonio Saca, a quien se le conocen -oficialmente- robos por US$301 millones”…  

Efectivamente, en las elecciones del 28 de febrero, la coalición de partidos que apoyó al Presidente Bukele (Nuevas Ideas y GANA) le dio una paliza a todos los demás (incluyendo a los tradicionales ARENA, por la derecha y al FSLN, por la izquierda), acaparando entre 2/3 y 3/4 de todos los votos, con una asistencia de más del 50 por ciento del padrón electoral (cosa inusual para elecciones “intermedias”, sobre todo en un país en el que uno de cada cuatro votantes vive en EE. UU.). Como resultado, Nuevas Ideas logró “mayoría calificada” en el Congreso (56 de los 84 diputados), aún sin recurrir a sus aliados de GANA (que sacaron otras cinco curules) y también una aplastante mayoría de alcaldías, a la que está entrando una nueva y fresca “camada” de políticos jóvenes e idealistas, “fieles al palestino”.  Pese a que Bukele ha exhibido evidentes exabruptos autocráticos, como su irrupción -con el Ejército- en el Organismo Legislativo el 9 de febrero del 2020 o su “persecución fiscal” del periodismo crítico, esos desplantes de fuerza se han tornado ahora ‘innecesarios’ y entonces quizá la madurez que llega con los años (el año entrante finalmente alcanzará los 40) le permita no ceder a las tentaciones de hacerse del poder absoluto. Porque el poder que -democráticamente- le ha concedido el electorado salvadoreño es, primero, ‘legítimo’ y lo clave, ‘suficiente’.  Puede, efectivamente, ‘si no se avoraza’, cambiar “las reglas de juego”, sin arriesgarse a “tirar al bebé, después de bañado, junto al agua sucia de la tina”, en aquello que considere sea beneficioso para su nación. 

El temor que ha desatado entre sus detractores y críticos, sin embargo, es portentoso.  Hablan -paradójicamente, tras haberlo hecho ellos, sistemáticamente, vía el soborno, por décadas- del peligro que representa un potencial uso dictatorial de la “mayoría calificada” en la Asamblea Legislativa. Para algunos, el asunto no es más que el desagrado de verse fuera de un círculo de poder que les permitió enriquecerse, por años, como aquí, ordeñando ilegítimamente la ubre estatal.  Siendo estos críticos lo que son (en la derecha y en la izquierda), ‘imaginan que Bukele y su gente, simplemente harán lo mismo que ellos, solo que ahora para beneficio propio.’  Es la crítica “del león, que cree que todos son de su condición”. Pero hay una crítica más profunda: aquella que teme que el “Presidente Milenial” endeude al país más allá de toda posibilidad de recuperación, para “comprar simpatías” de un electorado ignorante y manipulable -que no lo es tanto como algunos suponen, por cierto- entrando a un imparable círculo vicioso de creciente dependencia y tiranía.  De hecho, encuestas internacionales señalan que Nayib Bukele es, simultáneamente, el Presidente latinoamericano más popular con su pueblo (CID Gallup, en enero 2021, registra un 83 por ciento de aprobación general)… y su gobierno, el más endeudado (Est. en 89 por ciento del PIB) y con mayor déficit fiscal (Est. en 13.3 por ciento del PIB). Estos últimos señalamientos, no obstante, merecen acotarse con tres reflexiones: (1) su calidad de gasto público, conforme al “Plan Cuscatlán” (https://youtu.be/eHrZKsDoaOI), que pretende ser una inversión en “el verdadero futuro”, lo que lo hace más productivo que el de otros países fiscalmente más “moderados”; (2) la dolarización de la economía salvadoreña sobredimensiona (por transparente) los indicadores de deuda en relación a otros países de la América española, que “maquillan” con tipos de cambio distorsionados y otras herramientas “contables” los suyos (en Guatemala, por ejemplo, hemos “desaparecido” la deuda del Gobierno con el IGSS, al que se ha esquilmado por años); y (3) la supuesta correlación entre presupuestos deficitarios y estancamiento económico de largo plazo se hace crecientemente cuestionable a la luz de nuevas evidencias macroeconómicas (la evolución de las economías del Japón y de los mismos EE. UU. en el último medio siglo, que ha dado lugar a la “Nueva Teoría Monetaria, la “NMT”, por ejemplo).  El asunto es que no se puede condenar a la carrera ese “neokeynesianismo tropical” de Bukele, sobre todo, porque este parece estar destinado a constituirse en una terca presencia disruptiva en el contexto político centroamericano que no desaparecerá fácilmente. Una presencia que nos recuerda que el propósito de todo gobierno, especialmente de uno democrático, es el bienestar de la mayoría. Que la inversión en los más desposeídos es la inversión social más inteligente. Además, los efectos macroeconómicos no suceden de inmediato tras el estímulo. Toman tiempo.  Bukele lleva apenas año y pico y tenía al Sistema en contra. Yo preferiría una amplia “dotación patrimonial ciudadana” (ver www.ciudadanotoriello.com) para de veras encender un “despegue definitivo”,  pero va a ser muy interesante ver cómo evoluciona el “Plan Cuscatlán” en los próximos tres años, en un país cuya arquitectura constitucional -por cierto- es evidentemente superior a la nuestra…  

Lo que sí es cierto es que “el fenómeno Bukele” de entrada plantea que la dicotomía entre conservadores y neomarxistas no es inevitable.  Para los chapines, es un estimulante ejemplo:  esta trabazón entre “los que no quieren que la cosa cambie” y los que quieren “redimirnos” con “el reparto de lo ajeno”, que nos ancla al pasado, puede ser defenestrada.  Ni Bukele ni otros líderes que puedan surgir, tienen que devenir, como nuestro triste pasado hace suponer, “un Chávez o un Pinochet”; ambos antidemocráticos y aunque “de signo opuesto”, fundamentalmente parecidos.  Quizá haya aparecido en el Istmo “un cisne negro”… El fenómeno Bukele también ilustra que la corrupción de la partidocracia tampoco es invencible. Ese patético cuadro que hoy sufrimos en Guatemala, donde toda la actual partidocracia se empeña en mantener una legalidad ilegítima,  a contrapelo de los deseos del pueblo, protegiendo institucionalmente -vía las cortes- el eterno desfalco del erario nacional, puede terminar.  Ojo, ciudadano: aquí, como en El Salvador, el 70 por ciento de la gente quiere que los políticos corruptos paren en el ‘bote’, que ‘el pisto robado lo devuelvan y que un auténtico líder saque a patadas a los mercaderes’ de nuestra Casa del Pueblo.  Quizá no todo está perdido.  Lo que es cierto es que ‘se oyen pasos de animal grande…’

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