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Opiniones de hoy

La única salida

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La integración de las cortes bajo las condiciones actuales nos deja con solo una posibilidad real de cambio.

La integración de las cortes en nuestro país se ha convertido en una prueba ácida para la sociedad guatemalteca. Ha puesto en evidencia las preocupaciones, los intereses y los alcances de cada sector. Las ideologías pesan en el proceso, al menos como mecanismo para descalificar a quien está del otro lado del espectro. En la mayoría de los casos quedan por un lado la idoneidad, la capacidad y la trayectoria de los candidatos, para darle importancia a la disposición de estos para operar en favor de sus patrocinadores. Las cortes siempre han sido manipuladas para defender los intereses de aquellos que, a dedo y a través de una burda compra de voluntades, históricamente las han manejado. Por que sí, este es un tema de dinero: jueces y magistrados se venden cual prostitutas al mejor postor. En diversos temas de alto impacto nacional y trascendencia internacional, la Ley y la justicia se han ideologizado, polarizando aún más a una sociedad dividida, ensanchando la brecha con el primer mundo.  

El silencio y la tolerancia de muchos, aunados a la indiferencia de la mayoría abren la puerta a una minoría que ve en el control de las cortes la forma de perpetuar un modelo político-social-económico que, hasta la fecha, les ha sido lucrativo y el cual conlleva una fuerte carga de poder. Por un buen tiempo las cortes obedecieron al poder económico tradicional, pero en los últimos años perdió la hegemonía y el monopolio de estas frente a la creciente ola de capitales emergentes –unos bien habidos, otros de dudosa reputación y algunos de certera y reconocida corrupción–. Hoy, las cortes se disputan entre estos cuatro grupos de poder a los que se suma –directa o indirectamente–, el narcotráfico. Este último se beneficia de las prácticas establecidas de manipulación, ya que es indiscutiblemente, el de mayor liquidez y poder adquisitivo. Todos los demás que intentan influir en este proceso, lo hacen desde la desventajosa posición idealista en la que cabe un mejor país, pero desde la cual los cambios reales no son una posibilidad. 

La cercanía a las cortes confiere a quienes orbitan a su alrededor, la impunidad que hace posible poner en marcha agendas sectoriales o, para su efecto, personales que pudiesen reñir con la Ley o ser en detrimento de otros, librándoles de la responsabilidad ante sus actos. Dicha impunidad se hace extensiva a los operadores, la mayoría de ellos incrustados en el Congreso de la República y blindados por el derecho de antejuicio. Pretender blindar las cortes con jueces y magistrados independientes, capaces, idóneos y sin nexos con el lado oscuro de la sociedad es una fantasía, ante la realidad a la que hemos sido sometidos. El proceso ha estado viciado perpetuamente y hoy, la complicidad del sistema, corrupto de raíz, imposibilita que se realicen cambios orgánicos, estructurales y de fondo. La única manera, obviamente imposible, de lograr cambios reales sería destruyendo las estructuras actuales, por lo que un agente externo se convierte en la única salida. El único con la cercanía para que nuestro caos le sea relevante, con el poder de acción y las herramientas necesarias para una efectiva ejecución es el ahora incómodo vecino del norte. 

La zaranda con la que intervendrá Estados Unidos en toda la región “por razones de seguridad nacional”, servirá para limpiar en la medida de lo posible el sistema, proporcionando a cada sector su propio catalizador del cambio. A los sectores empresariales, basta con poner en riesgo las relaciones comerciales y sus inversiones en el extranjero para encauzarlos; no sin antes exponer a uno que otro ávido defensor del sistema pernicioso. Esto aplica tanto para capitales tradicionales como para emergentes, sean de conocida, dudosa o corrupta reputación. A los coimes, aquellos que dentro de los tres poderes del Estado operan para sus patrocinadores, sus nombres engrosarán las listas de impresentables; retirándoles visas y sometiéndolos a investigaciones, llevándolos ante la Justicia y condenándolos. Todo se llevará a cabo sin intervención y por jueces y magistrados locales que sabrán entender lo que se les viene si no escogen el camino correcto. Los narcotraficantes continuarán en las mismas, pero sin el apoyo de otros sectores, ya sea directa o indirectamente. Ya sin el estímulo acostumbrado, los partidos políticos tendrán que reinventarse y muchos de los individuos que los conforman, regresarán a hacer lo que saben hacer: nada. Puede que todo sea un sueño, pero para muchos promete ser una pesadilla. Salida hay, y creo que ya llegamos a ella…

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