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La tierra de los esforzados, de los encendidos, de los que nunca esquivan la ruda pelea si defienden su tierra y su hogar.

De verdad que desconcierta verse rodeado de tanta gente indolente. Tanta gente que considera el trabajo una maldición. Todas estas personas que atienden con malos gestos en los restaurantes; los dependientes que olvidan todo cuanto el cliente ha solicitado; las telefonistas que encuentran más fácil decir “no”; el ejecutivo que prefiere volver a esconder, en ese interminable fajo de papeles, el expediente que a alguien le urge. 

Hay que ver cómo pueden ser tan pavos como para considerar la pregunta que siempre se paran haciendo: ¿por qué las cosas no van mejor para mí?

¿Desde cuándo el enfoque al trabajo se volvió algo malo? ¿Qué carajo es eso de workaholic? En lo que a mí respecta ese calificativo, expresado siempre de forma peyorativa, es la píldora que los flojos usan para lograr aceptar su vida. Descalificar como método de autoaceptación. Bonita vuelta. Resulta que los que disfrutan lo que hacen, los que han encontrado la forma de dedicar su vida a algo que los apasiona son los que están mal. Mal por preguntarse constantemente cómo hacerlo mejor, cómo hacerlo más sencillo sin afectar la calidad, cómo dar un paso –por pequeño que sea– que avance la vida.  

Mucha de la riqueza que uno puede dotarle a su existencia radica en la habilidad de exponerse al trabajo singular de personas talentosas y apasionadas, que logran reinventar la vida. Estoy convencido de que necesitamos un ambiente que promueva propuestas nuevas y originales, así como un entorno que las apoye y las celebre.

Necesitamos forjar un entorno que valore y por lo tanto estimule un profundo deseo por dar lo mejor de sí. Necesitamos que todos en este dichoso terruño formemos un profundo deseo por avanzar a través de la consecución adecuada de nuestro trabajo.  Un equipo de investigadores de la Escuela de Psicología, liderados por la Dra. Duckworth, de la Universidad de Pensilvania, ha estudiado los factores que mejor explican la capacidad de una persona para lograr los resultados que se propone. Ella y sus colegas han encontrado que, independientemente del entorno o de la actividad, la habilidad de preservar es la característica que mejor explica la consecución de metas, se trata de aglutinar tres destrezas: propósito, firmeza de carácter y tolerancia.

Por ahí leí que todo padre debe entender que sus hijos siempre pararán siguiendo su ejemplo más que sus consejos. Y este es exactamente el ejemplo que deseo para los míos: el irreductible deseo de dar más, de avanzar, de mejorar, de hacer, de lograr. Alguien planteó la posibilidad de cambiar la pregunta “¿qué mundo le dejaremos a nuestros hijos” por “¿qué hijos le dejaremos al mundo?”. Pues esto son los hijos y vecinos, los amigos, los compatriotas que añoro. Ese es el país que quisiera ayudar a construir. Un país libre de haraganes y de mediocres. La tierra de los esforzados, de los encendidos, de los que nunca esquivan la ruda pelea si defienden su tierra y su hogar.

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