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Opiniones de hoy

Lecciones de la inminente debacle de la partidocracia salvadoreña

opinion

La lección para Guatemala es que el rechazo físico a la corrupción de los políticos flota en el ambiente.

El Salvador y Guatemala han tenido una relación pendular a lo largo de la historia. Vienen cosas de allá pa’ca y salen cosas de aquí pa’llá. Usualmente, en materia sociopolítica, El Salvador provoca y luego, Guatemala consolida. Tenemos un parentesco peculiar, con sus diferencias y sus similitudes. El asunto empezó con el arribo, por la costa sur, de “las culturas del frijol colorado”, que se asentaron en el suroriente guatemalteco y en la tierra cuscatleca, hablando alguna versión del náhuatl; mientras que en el Altiplano guatemalteco, se atrincheraban las culturas “del frijol negro”, hablantes de lenguas mayenses. Cuanto llegaron los españoles, auxiliados por los tlaxcaltecas, el mestizaje étnico-cultural fue más acelerado en los pueblos originarios de origen nahua que en los de origen mayense, por afinidad cultural de los cuscatlecos con los tlaxcaltecas hispanizados que llegaron con Alvarado. Así, los salvadoreños, de más temprana “ladinización”, son cultural y étnicamente más homogéneos, además de habitar “tierra caliente” y consiguientemente, son de temple menos reservado; mientras los chapines conservaron, de entrada, una mayor heterogeneidad y diversidad cultural, habitando “tierra fría” y con ello, desarrollaron un temperamento más comedido. El talante más extrovertido de nuestros vecinos, como ha quedado dicho, los ha llevado a “adelantársenos” en varios momentos históricos. Veamos tres ejemplos: (i) se opusieron, antes que nosotros, a la “monarquía independiente” de Iturbide, en favor de las formas republicanas, a pesar de las contumacias del ‘aycinenismo’ chapín; (ii) derrocaron a Hernández Martínez, antes que nosotros a Ubico, en 1944; y (iii) firmaron ellos antes (1992) “la paz” en su “conflicto armado interno” (que allá, sin tapujos, se llamó llanamente “la guerra”) aunque nosotros aquí, la proclamamos, poco después (1996), “firme y duradera”.

El asunto viene a cuento porque ahora en El Salvador se anuncia una auténtica debacle de la partidocracia tradicional, esa que supuestamente ha enfrentado al pensamiento conservador que no quiere que las cosas cambien (“la derecha”, emblematizada por ARENA) con el pensamiento neomarxista, de los amigos de repartir lo ajeno, emblematizada por el FLMN, “de izquierda”. El pueblo salvadoreño, como el guatemalteco, sabe que ninguna de las dos posturas nos está sacando del subdesarrollo, pero que ambas se han dedicado a “ordeñar la teta del Estado”. En ese contexto, ha surgido el “fenómeno Nayib Bukele”: quien en el 2015, cuando aquí estábamos “bajándonos” a Pérez Molina, había apenas pasado de ser un relativamente desconocido líder municipal del “izquierdista” FSLN, para convertirse en el alcalde de San Salvador; pero en el 2017, ese partido lo expulsó de sus filas por ser demasiado crítico del inepto gobernante Sánchez Cerén y gritarle “bruja” a la “ideóloga efelemenista” Xóchitl Marchelli, en plena sesión de Concejo Municipal (la síndico se oponía a aprobarle más préstamos y de la cólera, Nayib también le tiró -de un extremo a otro de la mesa- un “manzanazo”). Tras intentar, infructuosamente, crear “a tiempo” un nuevo partido o utilizar otro (“Cambio Democrático”) que descalificaron, terminó corriendo para la Presidencia con “la GANA”, un “vehículo electoral” de ocasión, derechista, no muy distinto de su homólogo chapín, el usado por “el Conejo Berger” para alcanzar la Presidencia de Guatemala en el 2004. Ya “en la guayaba” orquestó una masiva recolección de firmas y logró “legalizar” rápidamente a su propio partido, “Nuevas Ideas”, fundado originalmente en el 2018. La cantaleta del “Presidente tuitero” ha sido que no se puede seguir “con los mismos de siempre”, al tiempo que les grita que “devuelvan lo robado” (el “izquierdista” expresidente Mauricio Funes, por ejemplo, anda “asilado-prófugo”, en Nicaragua, por ser un ostentoso ladrón; y el “derechista” expresidente “Tony Casaca”, entre otros muchos, está preso por desfalco de ¡US$300 millones!). En realidad, “Nuevas Ideas” francamente no tiene tantas ídem, pero proclama con acierto aquella vieja verdad de que “el dinero alcanza, si no se lo roban…”. Como resultado, hay nuevos y modernos hospitales, las “maras” son recurrentemente “cachimbeadas”, viejos políticos ladrones están “en el bote” y la Policía y el Ejército tienen nuevo y moderno equipo. No debiera sorprender, entonces, que las encuestas revelen que en las próximas elecciones (el 28 de febrero), en las que se elegirán  por tres años, 84 diputados (¡sí, allá son solo 84!), 262 alcaldes y 20 representantes al Parlacen, “Nuevas Ideas” les dará una paliza a todos los demás. Según el promedio de tres encuestas distintas (CEC, UCA y FundaUngo), tres de cada cuatro votos válidos serán para el Partido de “Millenial-Bukele”, suficiente para darle “mayoría simple y quizás hasta calificada” en la Asamblea Legislativa, además de enterrar a “los partiditos” y arrebatarle la mayoría de las alcaldías a los partidos (ARENA y FLMN) que tradicionalmente y sin mostrar resultados de fondo, se las han turnado.

A dónde conducirá esto a El Salvador es asunto “de pronóstico reservado”. Nayib Bukele, con su chumpa de cuero negra y recién bajado de su moto Yamaha, ha exhibido abundantes muestras de sus tendencias autoritarias y sus detractores advierten que si logra mayoría calificada en el Congreso (al que invadió “valientemente”, auxiliado con tropas militares, el 8 de febrero, cuando los diputados se negaron a considerar un préstamo de US$109 millones para reforzar a la Policía y al Ejército), modificará la Constitución para poder reelegirse al vencimiento de su primer periodo.  Con cuatro de cada cinco electores simpatizando con Bukele a pesar de -y en ocasiones precisamente por- sus desplantes autocráticos, la partidocracia tradicional -naturalmente- sufre angustia existencial y ha tratado de defenderse con las trampas legales de siempre. El TSE salvadoreño, por ejemplo, ha tratado de obstaculizar la inscripción de sus candidatos y “Nuevas Ideas”, al mejor estilo “trompista”, ha invadido con turbas -protegidas por el aparato de seguridad gubernamental- sus oficinas, impidiéndoles salir de ellas a los burócratas, hasta no ver inscritos a sus candidatos. Las tensiones políticas van ‘in crescendo’ y ambas partes se acusan de estar preparando un fraude electoral: en el caso de “Nuevas Ideas” la acusación es que quieren asegurarse la “mayoría calificada” que les permita modificar la Constitución, para después “repetir”. Los bukelistas, por su parte, acusan a la partidocracia de “no querer soltar el hueso”, al tiempo que advierten que Ejército y Policía -consentidos “del palestino”- “están con ellos”. Algunas cabezas calientes dicen que está por reiniciarse el clima de guerra civil y las cosas han llegado a tal punto, que el Tío Sam le ha tenido que mandar “discretos” mensajes a Bukele en el sentido de que una cosa es combatir la corrupción -cosa que aplauden, sobre todo si incluye también los desmanes de sus propios partidarios- pero que otra cosa, por supuesto, es tolerar que se comporte como una versión tropical del mal recordado Donald Trump.

La lección para Guatemala es que el rechazo físico a la corrupción de los políticos flota en el ambiente y que si está pasando en El Salvador, el registro histórico dice que pronto pasará también aquí. Aunque los ciudadanos no debemos olvidar que en un descuido, “sale peor el remedio que la enfermedad” y por eso le recomiendo analizar, amable lector, las reflexiones contenidas en la “Plataforma Ideológica” que presento en www.ciudadanotoriello.com. Más que caudillos mesiánicos, en Centroamérica necesitamos un auténtico programa político de capitalismo democrático e incluyente, que efectivamente reprima la corrupción, sin encumbrar a un autócrata. Por otra parte, bien haría nuestra coalición de conservadores con la cleptocracia local, junto a su incomparablemente menos institucionalizada partidocracia, en recordar aquello de que “cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar”. ¡No insistan en cerrar todas las válvulas de escape y en cooptar a la nueva Corte de Constitucionalidad!  Si insisten en avasallar la legitimidad con la simple legalidad, no se extrañen cuando el pueblo levante el puño, haciéndoles “ojitos de cangrejo” y les diga, como la calaca: “Aquí está tu son, Chabela…”

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