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Opiniones de hoy

La vaca

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Sobremesa

El pequeño Fernando reanudó sus estudios un año después del terremoto, allá por el mes de febrero de 1919, cuando aún vivían en la “temblorera”, construida en el tercer patio de la casa para pasar los temblores,  cerca del naranjal, el excusado, el palo de níspero, y donde pastaba la vaca que había comprado el abuelo días después del gran sismo para tener leche fresca con qué alimentar a los niños.

En su corta vida, el pequeño Fernando había logrado superar varias tragedias personales, su estado enclenque de recién nacido prematuro, la orfandad por la muerte de su madre de fiebre puerperal y sus primeros tres meses de vida, cuando mi abuela lo tomó como suyo dándole leche de burra de la finca El Zapote, y más adelante, pasados los años, cuando se salvó de morir aplastado por el peso de una cornisa que cayó cuando corrían fuera de la casa con el primer sentón del terremoto.

Fernando era los dos ojos de la abuela, y cuando el niño tuvo que reanudar clases después del sismo, le confeccionó  una batita gris con botones al frente que le llegaba debajo de las rodillas para que le sirviera de guardapolvo, y lo obligó a llevar siempre la boca cubierta con una mascarilla de manta cubierta con gasa para librarse del polvito amarillo y fino que salía de los escombros convirtiéndose en remolinos cuando el viento soplaba.

Por aquellos días, Fernando rehuía de los estudios formales, y en su cabeza de niño no llegaba a comprender por qué tenía que pasarse las tardes encerrado en un cuarto, sin poder ver ni siquiera a la vaca, aprendiendo en la punta de la lengua toda suerte de lecciones, los tiempos verbales  del pasado, el pasado perfecto, el pluscuamperfecto y el imperfecto. O la tarde soleada, cuando después de mucho batallar, logró memorizar los reinos, subreinos, especies y clases de 59 mamíferos tan extraños como el ornitorrinco, el cachalote o  los tremendos jabalíes, cuando lo que él deseaba era subirse al naranjal y acariciar a su vaca como si fuera perro.

Una tarde de mayo, cuando Fernando debía aprenderse y señalar  como tarea todos los huesos del cuerpo como el tarso, el metatarso y el fémur, e inclusive los huesitos del oído, martillo, yunque y estribo, se presentó ante mi abuela y le anunció que “nunca, nunca, nunca, pero nunca volveré a la clase de la señorita Amparito”. 

La abuela lo miró a los ojos, dos grandes pepitas negras de morro implorando, y no dijo nada, solo le acarició la cabeza por un largo rato. “Ahora anda a jugar con la vaca”. 

Fernando no regresó a las aulas escolares, siendo esta la mejor época de su vida, hasta que ya no hubo espacio para la vaca, que una tarde de noviembre Fernando vio alejarse en un carretón de bueyes rumbo a Mixco.  

 

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