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Opiniones de hoy

De incertidumbres y paradojas

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Follarismos.

Muchas personas vienen a mi consultorio para intentar comprender por qué su relación de pareja entró en crisis, por qué se encuentran en un callejón sin salida o por qué todo se rompió en pedazos. Lo normal es que insistan: ¿Por qué, por qué?, como si se dieran golpes de cabeza contra un muro sin encontrar la respuesta. Y mi labor, además de analizar los vericuetos y contingencias que podrían explicar los motivos por los cuales llegaron a tal situación, consiste en hacerles comprender que muchas veces no hay una respuesta simple y fulgurante a tales interrogaciones, porque la vida es imprevisible y paradójica.

Querer comprender racionalmente aquello que nos resulta incomprensible es lógico, pero es bueno saber también que es normal el no encontrar, por el momento, explicaciones satisfactorias –que, además son siempre aproximadas–, simplemente porque no las hay, ya que la mayoría de aclaraciones e hipótesis surgen solo ‘a posteriori’ de los hechos, cuando ya se los puede observar de lejos y con la cabeza fría. Por otra parte –es una puerilidad recordarlo–, pero en materia de amor y de desamor, cualquier razón anodina –que nunca es una razón propiamente–, sirve de pretexto para enamorarse o para desenamorarse, y allí no hay lógica que valga, pues estamos en el reino de los caprichos y de la arbitrariedad.

Y es entonces cuando insisto en la necesidad de acostumbrarnos a vivir con cierta porción de incertidumbre, es decir, con el sentimiento de que nada está nunca definitivamente ganado, porque en el Universo todos son procesos en movimiento, y en cualquier instante el aleteo de una mariposa en los cielos de Brasil, a modo de una bola de nieve gaseosa, puede desencadenar un huracán en el Golfo de México. Todas las ideologías que pregonan la religión del positivismo de la voluntad (“si tú quieres, tú puedes”), y las fantasías beatas sobre la “ley de atracción”, suelen tarde o temprano estrellarse contra la paradoja que consiste en que, contra más buscas, menos encuentras, y a menudo, contra menos buscas, más descubres.

Hoy, lo que yo he denominado alguna vez “el virus pedagógico” (o sea, el COVID-19), con su secuela de muertes inesperadas y la puesta en evidencia de que vivimos en sociedades descalabradas en las que impera la ley de la selva de los grandes capitales transnacionales, debería servir para recordarnos que la incertidumbre es no solo un elemento consustancial a la vida, sino un valor protector que nos obliga a amarla y a abrazarla, porque lo único seguro que tenemos es el aquí y el ahora.      

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