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Opiniones de hoy

“Quien no aprende de los errores del pasado, está condenado a repetirlos”

opinion

(Jorge Santayana, La vida de la razón).

Esta sabia observación del gran polígrafo español, radicado excepcionalmente en los Estados Unidos, y editada en 1906, la escojo hoy como la mejor introducción para empezar a explicarnos la profunda crisis moral y política que aqueja tanto a esa gran democracia del Norte como a la vieja Europa y a nuestra no tan vieja Iberoamérica. Y que se nos agrava por días, no por años. Caro pagamos así esa nuestra flojedad culpable ante el abuso masivo de las drogas y la concomitante decadencia de la vida en familia, por no mencionar la pérdida radical de la fe religiosa y el raquitismo de la educación moral en nuestras escuelas tanto las primarias como las secundarias. Por eso, además, la formación del carácter de nuestros jóvenes pesa cada vez menos entre nuestras prioridades. 

Como una ulterior aclaración de todo ello, remito a mis apreciados lectores al escenario del presente norteamericano que creo conocer muy bien: ese puñado de activistas políticos que hoy se identifican mayoritariamente como miembros del Partido “Demócrata” y que presionan a los demás legisladores a sumárseles, y que en estos días se precipitaron a un segundo “impeachment” (descalificación legal) de Donald Trump. Jurídicamente resultaba insensato porque el así sindicado ya no ejercía función pública alguna. Todo fue una rabieta indigna de la agitada y gloriosa historia de esa potencia nacional.

De ahí también me ha resultado legítimo colegir que la verdadera intención de tal propuesta no se enderezaba a privarle de ninguna responsabilidad pública sino de hacerle imposible una futura reelección a cuatro años plazo. Maniobra politiquera apenas sin precedentes en esa gran sociedad. A mí lo primero que se me ocurre de semejante argucia legislativa es ese pánico cerval que los hombres y mujeres de la izquierda hoy abrigan hacia esa persona de popular elocuencia y arrastre.

Nihil novi sub sole’ (nada nuevo bajo el sol), ya nos lo había advertido hace más de dos milenios el “predicador” hebreo (el Qohéleth) en su sapiente libro del ‘Eclesiastés’. De similares estratagemas están llenos los anales de la historia humana. Para ceñirnos a la de nuestro mundo occidental, diría que simbólicamente el Antiguo Testamento ya lo había anticipado en aquella mítica contienda entre Caín y Abel, con el resultado por todos nosotros conocido. Otros ejemplos del mismo punto sobreabundan, algunos casi cómicos en su original crudeza.

¿Cuántos de nosotros, los medianamente ilustrados, no hemos sabido de la burda historia del amante de Cleopatra, el carismático y a un  tiempo tan demagógico Marco Antonio, quien entre otras muchas “proezas” ordenó el asesinato de Marco Tulio Cicerón, y así suprimió la voz más genuina de su tiempo en la defensa de la República romana? ¿Y qué decir de aquella burla canallesca más tarde que el dictador Calígula hizo a los senadores cuando nombró “cónsul” a su caballo? O sin remontarnos hasta tiempos tan lejanos, ¿qué juicio nos merece aquel sarcástico gesto de Enrique IV de Navarra: “París bien vale una misa”, para asegurarse la aprobación por parte de los católicos a su ascenso a monarca absoluto sobre todo los franceses? 

Aunque todavía más cerca de nosotros, ¿cómo podemos calificar el cinismo encerrado en aquella promesa de Vladimir Uliánov, alias “Lenín”, de que “Ahorcaré al último capitalista con la soga que me habrá vendido el penúltimo”? De ese mismo cariz ha resultado este segundo “impeachment” contra Donald Trump. Mucho menos conocido por estas latitudes es un episodio de la revolución castrista en Cuba:  Gustavo Urrutia, el leguleyo instalado inconsultamente por Fidel Castro como presidente de la Corte Suprema de Justicia, apenas recién llegado de la Sierra Maestra en enero de 1959, osó decir si prueba alguna: “La revolución es fuente de derecho (!)”. 

O aquella no menos fingida curiosidad hipócrita de ese mismo Fidel que por aquellos mismos días se preguntó retóricamente: “Armas, ¿para qué?”. Y a continuación procedió a confiscar todas las armas en posesión de personas privadas y así asegurarse el eficiente monopolio de las mismas hasta el día de hoy por vía de su hermanito Raúl…

Todo lo cual me recuerda aquel dicho dogmático del “dandy” chileno Salvador Allende, que obsequió generosamente a los alborotadores de allá y a los ilusos de aquí: “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica (!)”.

De tanto simplismo cínico, concluyo, está empapada la gestión política de todos los tiempos y en todos los rincones en este globo azul en el espacio.

Aunque también mantengo que una generalización universal de lo mismo sería injusta. Pues sobresalen en la historia algunos otros ejemplos pero de excepcional rectitud moral entre quienes compiten por el poder. 

Hace dos semanas hice mención en esta misma columna de opinión de algunos nombres ejemplares y en sus momentos respectivos por todos conocidos. Y ahora, desde aquí en Guatemala, me atrevería a recoger los nombres de algunas figuras locales no menos encomiables aunque ya fallecidas como las de Carlos Herrera, Juan José Arévalo, Enrique Peralta Azurdia, Alberto Herrarte, Arturo Herbruger, Rodolfo Herrera Llerandi, Manuel Ayau, Manuel Colom Argueta, Alberto Habié, Luis Canella, Alfonso Bauer Paiz, Álvaro Arzú, Mario Castejón, Jaime Cáceres Knox, Adela Torrebiarte… y una lista todavía más interminable de entre los que aún viven.

Maquiavelo, por otra parte, hubiera dicho que tales prioridades mías pecan de ingenuas, aunque yo en absoluto estaría de acuerdo con él. Pues siempre he sostenido que todo hombre y toda mujer tienen algo de redimibles y de ya redimidos en sí mismos, en consonancia con las enseñanzas sapientísimas de aquel humilde maestro que todos conocemos como Jesús de Nazaret o el “Cristo” de la Fe. Pero esto es harina de otro costal.

De vuelta a la prosa de estos días, creo que el tal “impeachment” fue una perfecta idiotez. Pero al mismo tiempo otra lección más para recordar durante ese futuro que todavía nos aguarda y del que nos es, por tanto, una incógnita. Y ojalá que también así de nuestras nuevas equivocaciones y acumulemos más sabiduría que dejar a nuestros nietos. 

Mientras tanto, no olvidemos mantenernos serenos siempre, porque “la serenidad no es estar a salvo de la tormenta”, nos dijo Tomás de Kempis desde tiempos no menos revueltos, “sino saber encontrar la paz en medio de ella.

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