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Opiniones de hoy

El cristiano errante

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Lado B.

Redescubrir la figura y la obra, por supuesto, de don Antonio José de Irisarri (1786-1888), es una buena tarea ahora que nos adentramos en el año del Bicentenario. Un escritor que resume en sí mismo todas las contradicciones de la aventura emancipadora del siglo XIX. Fue un hombre de letras y un pensador, así como un hombre político, un militar, un aventurero, un latinoamericanista ‘avant la lettre’, un cosmopolita, un reaccionario, un conservador rabioso y, a la vez, un intelectual ilustrado y demasiado avanzado para su época. ‘Un cristiano errante’, como él mismo tituló ese libro prodigioso, esa extraña mezcla entre la autobiografía y la novela confesional, entre la declaración de principios y la divagación estrafalaria, que quedó como su testamento. Una figura polémica, denostada y celebrada a partes iguales, una referencia, un nombre en los textos escolares, a donde en última instancia fue desterrado por una patria que nunca lo ha aceptado del todo como propio.

Como político y militar fue un rotundo fracaso, aun si llegó a ser presidente de Chile por una semana. Apoyó todo tipo de causas, algunas nobles, otras abyectas. Durante buena parte de su vida se mantuvo en fuga y ser perseguido se convirtió para él en una especie de vocación. Deambuló por la mayoría de países de la América hispana y vivió en las más importantes capitales europeas. También en Nueva York en donde terminó sus días. En Chile lo consideran un prócer de la independencia, una figura central de la fundación patria, el intelectual que introdujo la imprenta y creó el primer periódico. También lo acusan de sinvergüenza, pero a la vez lo colocan como uno de los más grandes escritores de su tiempo. Lo vituperan, pero lo estudian y lo publican, al menos más que en Guatemala.

La primera fuga de Irisarri fue de Guatemala hacia México. Tenía menos de 20 años y huía de un problema de faldas y de la férrea autoridad paterna. Es un viaje de iniciación, a bordo de carretones, a lomo de mula y a pie. Ahí descubre que la errancia está en su propia naturaleza, así como su facilidad para adaptarse a todo tipo de circunstancias y su don de gentes. El camino se convierte en su hábitat natural. Errando le marca un destino al escritor nacional: el de la huída, el del destierro y asimismo el de la equivocación. Porque Irisarri se equivocó muchas veces, casi siempre, y justificar los errores se convirtió en el principal motivo de su literatura. Fue un polemista genial, el mejor de su época, y la brillantez de su estilo hace olvidar sus fatales desaciertos. Era implacable con sus enemigos y, por lo general, se buscó los mejores, aquellos que estuvieran a su altura intelectual y también de maledicencia. A pesar de que perdió muchas, nunca rehuyó a una buena pelea.

Más allá del conservador recalcitrante en el que se convirtió en su edad madura, Irisarri fue ante todo un espíritu libre, un hombre que amó y defendió la independencia, empezando por la suya propia. Es esa esencia la que tendríamos que rescatar en los tiempos que corren. Digamos que nos liberó de las determinaciones geográficas, del servilismo intelectual y nos mostró los caminos. 

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