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Opiniones de hoy

Pocillos de peltre

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sobremesa

Muchos de  los objetos comunes y corrientes que poblaron la vida cotidiana de nuestros antepasados parecen estar de moda hoy día. Objetos que de la noche a la mañana pasaron de los poyos, estanterías y alacenas de cocinas a las mesas principales de casa, quizás por ese vuelco que se está dando en el mundo, de tratar de volver a los orígenes, a lo natural y simple, o por cuestiones de nostalgia y sentimiento,  como evocadores de buenos recuerdos o por esa  idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor. 

Es así como el peltre, con su bellísimo color cobalto, blanco, celeste o turquesa, ha dado el gran brinco de las oscuridades de las cocinas de antaño a las mesas y consolas de los salas y comedores de casa, como piezas decorativas o de servicio.  Piezas que se aprecian y estiman más  si provienen de la familia, o de algún antepasado, como es el caso de un bello aguamanil de peltre verde, palangana y pichel, decorados con orquídeas color lila, que me obsequiaron, con la condición única de que lo cuidara muy bien, pues a su primera dueña se los había regalado el amor de su vida, un bigotudo que la había dejado vestida y alborotada una semana antes de la boda.

El peltre, por sus buenísimas cualidades para la cocción y por su durabilidad, pasó directo a la cocina, ollas y cucharones pequeños y grandes se convirtieron en muy poco tiempo en los preferidos de las cocineras. De peltre celeste era, por ejemplo, la jarrilla en donde reposaba el café que se había hervido desde muy temprano en la mañana para satisfacer a  los comensales que vivíamos en la casa materna, en el centro, en el Callejón Normal. En la cocina, el café se tomaba en pocillos de peltre y cada quien tenía el suyo, el cual se identificaba por el color y el tamaño. Los había amarillos, verdes, celestes, y los tradicionales en blanco. El tomar café, entonces, era todo un ritual. Siempre antes de las diez para aguantar hasta el almuerzo, y a las seis de la tarde, para entonarse. El café era ralo y muy dulce y se acompañaba siempre con dos piezas de pan de manteca.

Lo que no podíamos hacer en la mesa, se podía en la cocina: sopear el pan dulce, la hojaldra o champurrada en aquel café ralo y muy azucarado; calentarse las manos en el lomo de peltre de la taza, tomarlo a sorbos sonoros pues el metal estaba hirvientísimo y chuparse con el dedo el poso de azúcar que se había quedado rezagado en el fondo del peltre.

Antes de que el plástico invadiera el mundo doméstico, el barro, la madera, la piedra, el cobre, el hierro y el peltre eran los principales protagonistas de las cocinas de nuestros antepasados. Cada guiso tenía su olla o su sartén. Cada agua o frijol su propio recipiente en forma y material: las jaleas siempre en cobre, los frijoles en barro o en peltre y el agua de canela en la olla grande de peltre azul con fondo blanco, “y cuidadito porque no debe estar golpeada”, repetía Tona, la estrella de las cocineras.

 

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