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Opiniones de hoy

Mi segunda madre

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Margarita se llamaba la que me hizo ver la luz de este cada día más deteriorado mundo.

Creo que como yo, ya existen pocos. No me avergüenza el decirlo, y no significa un baldón, cuando digo que: soy hijo de dos madres. Una, la que me trajo al mundo antes de tiempo; la otra, la que me educó y me hizo médico. Margarita se llamaba la que me hizo ver la luz de este cada día más deteriorado mundo. Con paciencia y ternura me enseñó a dar los primeros brincos, me enseñó las primeras letras y me dio las primeras lecciones. Cuando arrejunté diecisiete años me soltó y me puso al cuidado de la segunda: vieja, señorial y con una experiencia de más de 300 años; y  con ella  aprendí que no todo era bonanza, salud y alegría; llevándome por todos los vericuetos y los más recónditos rincones me mostró lo que era el hambre, la enfermedad, la injusticia y la ignorancia. 

Al quedar huérfano de la primera, seguí de la mano de la segunda, celebrando sus triunfos y llorando sus desventuras. Atardeciendo enero, me acerqué por su casa y traspuse el portón que da a la novena avenida, casi enfrente a ese viejo muladar que lleva por mal nombre: Palacio Legislativo. Una serie de salones me mostraron pequeños museos en donde se exhiben: emblemas de la Huelga de Dolores, viejas pinturas de prominentes universitarios, reliquias, artesanías y obras folklóricas. En el salón norte-oriente, una placa de bronce rinde homenajes a los inspiradores y autores del Canto de Guerra estudiantil: La Chalana que retrata fielmente nuestros inveterados males. En el fondo, el hermoso Salón General Mayor que fuera el lugar en el que se firmó la verdadera acta de la Independencia en 1824 y que adoptó un sistema representativo, republicano y federal; para luego albergar a la Biblioteca Nacional y transformarse por último en salón de clausuras, celebraciones y conmemoraciones. Me escabullí de ese salón, ahora lleno de telarañas, polvo y moho, y al salir me topé con el busto de mármol, que cobija las cenizas de uno de nuestros  héroes civiles: Mariano Gálvez.

Al pie de la efigie del prócer se encontraban cuatro personajes: los chirridos de una silla de ruedas me advirtieron que era él; me dijo algo al oído y siguió su camino. A su lado, las gafas gruesas y el mechón de pelo sobre la frente, el segundo musitó las mismas palabras. El tercero, la mirada chispeante,  fino el bigote y ágiles las manos, repitió lo mismo. El cuarto, la mirada de visionario y la voz de dirigente estudiantil, acentuó el discurso de sus amigos. Me di cuenta al instante de quienes se trataba: Adolfo Mijangos, Manuel Colom Argueta, Mario López Larrave y Oliverio Castañeda de León  expresaban la misma petición: Auxiliar a la USAC,  rescatarla, transformarla, meterle el hombro, ofrendarle una mano solidaria para devolverle así su dignidad. ¡Todo sea para bien de mi segunda madre!, exclamé entusiasmado después de abandonar el Musac.

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