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Opiniones de hoy

Soberanía e injerencia extranjera

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No confundamos soberanía con aislamiento, no pretendamos llamarle injerencia extranjera cuando hemos demostrado que somos incapaces de gobernarnos solos.

Como era de esperarse, se escucha el eco de aquellos que desde sus trincheras y desde uno que otro cuestionado medio de comunicación, apelan a la soberanía nacional y tildan de injerencia extranjera la postura de Estados Unidos ante el secuestro de las Cortes en el país. A estos, los cuatro años del expresidente Donald Trump les hicieron pensar en un Estados Unidos alterno al de la realidad, olvidando que en temas de seguridad nacional el rojo y el azul convergen en una agenda bipartidista de tintes morados. Al interno, Trump deja heridas que solo el tiempo y una eficiente gestión de la administración entrante podrán sanar. Al externo, el país deberá retomar su lugar como la potencia del mundo; reconstruyendo relaciones, solidificando acuerdos e imponiendo el ritmo en regiones que se salieron de control en los últimos cuatro años. El Triángulo Norte de Centroamérica es una de estas y en especial Guatemala, por ser literalmente su patio trasero. 

El retroceso institucional, el secuestro de la justicia y la cooptación del Estado ocurridos durante la gestión de Jimmy Morales son indiscutibles. No uno, sino varios de sus ministros son perseguidos por la justicia o acusados de corrupción, narcotráfico, lavado de dinero, entre otros delitos. También Jimmy cuelga de un hilo, habiendo huido cual rata a punto de ahogarse, y ser juramentado como diputado en la cueva de ladrones que es el Parlamento Centroamericano. Y ni hablar de su nefasto partido, el cual sella con broche de oro su candidato a presidente, ahora residente del Mariscal Zavala, y su desaparecida compañera de fórmula. ¿Qué pasó? La Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) había sentado los precedentes, supuestamente disuasivos para corruptos acostumbrados a operar en la impunidad. Así fue por un breve episodio de la historia. Guatemala se encausaba hacia un verdadero Estado de derecho, en el que todos estábamos sujetos al imperio de la ley. No hubo sector que se salvara, poniendo en relieve lo profundo de la corrupción en nuestro país. Con luces y sombras, la CICIG puso en jaque a los corruptos y empezaba a poner fin a su acostumbrada y perpetua impunidad. Y en eso, llega la administración Trump encontrando en una desesperada, pero poderosa minoría, tontos útiles dispuestos a hipotecar su democracia con tal de salvarse el pellejo. Es así como se va la CICIG de Guatemala, se desmantela la institucionalidad, nos convierten en un refugio de migrantes, se hace costumbre desobedecer a la más alta corte del país, y nos convertimos en un narcoestado. ¿Es esto lo que defienden los que hoy gritan “soberanía” e injerencia extranjera? Pareciera que sí, ya que una vez más se ponen del lado incorrecto de la historia y al servicio de los corruptos. 

El empresariado, organizado o no, jamás se dará el lujo de romper filas con su socio comercial más importante. Independientemente de que por la labor de la CICIG y durante la administración Trump algunos de estos vieron una luz al final del túnel y no tuvieron más que aliarse con impresentables, al somatar la mesa el norte, se alinean sin pensarlo. No es que tiemblen ante cualquier comunicado de la embajada, como suponen sicarios de la pluma y de redes sociales a sueldo, sino porque al fin y al cabo son empresarios y dependen de estas relaciones. Serán pocas las personas a las que ser designadas públicamente no les afecte, usualmente a quienes nada tienen que perder. Los fanáticos de la “soberanía” se atreven a decir que la inclusión en una lista, como la Engel, no tiene repercusión legal. Pero para la mayoría de guatemaltecos, la relación con el norte es de vital importancia, más cuando recibimos mil millones de dólares mensuales procedentes de ese país, que, sin duda, es nuestro más importante socio comercial. La buena reputación aún es importante para muchos. Las alianzas de los últimos cuatro años se romperán. No confundamos soberanía con aislamiento, no pretendamos llamarle injerencia extranjera cuando hemos demostrado que somos incapaces de gobernarnos solos, más si somos una amenaza para un país al que migraron millones de nuestros compatriotas. Este no es un tema sectorial sino un tema de país. Estoy convencido: empieza a limpiarse la mesa…

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