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Opiniones de hoy

Zopilotes verdes (2)

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sobremesa

El saqueo llegó antes de lo previsto: el timbre insistente de la puerta de calle,  la carrera de Manuela por el corredor para abrir la puerta, y luego la fila de parientes, como  jubileo de iglesia,  quienes deseaban  visitar el último refugio de la tía, y de pasadita investigar qué cositas había dejado para heredarles a sus familiares tan queridos.

Un día miércoles por la mañana, desaparecieron de la alacena los azafates hondos de orillita dorada, pintados con florecitas y las doce copitas de cristal veneciano que la tía escondía dentro del trinchante del comedor, junto a la garrafa grabada con iniciales de uno de los antepasados junto a  los siete vasos de cristal que habían salido de su encierro únicamente  el día en que Julián, el menor de los hermanos, se graduó de Abogado y Notario: “Saquen los vasos finos y brindemos por el nuevo profesional del Derecho”, y Marta corrió como conejo  ante las órdenes  de su padre y extrajo de la caja los tres vasos grafilados con olor a naftalina en donde el padre vertió un chorrito de whisky, celebrando con júbilo al primer profesional de la familia.

Uno de los sobrinos, el que Manuela conoció precisamente el día del velorio, de nombre Bernabé Cifuentes, manifestó que le gustaban las anforitas de plata que estaban junto  al retrato de Napoleón Bonaparte como si se tratara de un altar de santo.  Y las envolvió cuidadosamente con un pliego de papel de china blanco que llevaba ya preparado en el bolsillo izquierdo del saco, y  cuando los estaba enrollando pensó que si llevaba las anforitas, lo más conveniente sería conservar el  óleo de Bonaparte, porque tan apuesto, tan señorial, con ese perfil de  nariz aguileña, vestido de gala con un sombrero en forma de canoa en la cabeza y la mano izquierda escondida dentro del chaquetín azul de botones dorados. 

Antes de salir de la casa cargando el óleo de marco dorado  y las anforitas de plata repujada,  Bernabé Cifuentes pasó frente al cuadro de la  estampa del Corazón de Jesús del corredor, se detuvo un momentito y  rezó una jaculatoria por el alma de la tía difunta a quien  lamentó no haber tenido la oportunidad de conocer mejor.  Antes de abandonar se vio en el  espejo del  paragüero  y se peinó el exceso de  vaselina con un peinecito de carey rematado en plata que se había llevado del tocador de la tía, además de un  escapulario  de oro y los aretes de perlas colgantes con chispitas de brillantes que encontró dentro de una polvera: “En esta vida siempre se debe de estar presentables y bien peinados. Este peinecito me cayó de perlas”, pensó. Mientras lo guardaba dentro del bolsillo del saco con el mayor de los  cuidados. (Continuará)

 

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