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Opiniones de hoy

Montaña Adentro

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“No cabe duda de que en Guatemala solo somos puro paisaje”.

Llegamos a Uspantán y nos hospedamos en un hotel ubicado en el centro del municipio. Tenemos como vecinos a diversos comercios, dispensarios que también son cantinas y tiendas de ropa china. Es un lugar de construcciones coloridas y calles estrechas. A toda hora del día, es transitado por todo tipo de vehículos que conducen a su máxima velocidad, como si se trataran de autopistas de primer mundo. Los perros abundan y ladran toda la noche, la ferretería despacha sus productos durante la madrugada y los hombres se emborrachan hasta terminar en riñas o amenazas de muerte. Dormir es una tarea titánica, por lo que siempre uso tapones de oídos y pastillas para inducir escasas horas de sueño; aunque eso no impida que en menos de 24 horas tenga el semblante de una mamá primeriza que se despierta cada dos horas para dar de amamantar. 

Empieza la mañana. Nos dirigimos en un vehículo cuatro por cuatro, montaña adentro. Recién adentrándonos en el camino de terracería, se pierde todo acceso a la señal del teléfono. Conforme avanzamos, van apareciendo maizales cubiertos por sabanas de bruma y senderos coloreados por enormes hortensias. Durante el viaje nos acompaña un río que se esconde entre las hondonadas hasta llegar a un valle, ahí se detiene el vehículo y se inicia a caminar. “No cabe duda de que en Guatemala solo somos puro paisaje,” dice mi compañero interrumpiendo el silencio.

Pareciera que nadie habita aquí, pero a lo lejos se escucha la risa de las niñas y aunque la vista me falla, puedo verlas escondidas detrás de unos arbustos. Como pajaritos que alzan su vuelo, brincan de su escondite y nos invitan a entrar a su casa. Están solas, el padre ha salido al campo y la madre a lavar la ropa. Las grandes, aunque apenas cumplen los 10 años, se han quedado al cuidado de sus hermanitos y atendiendo los oficios del hogar. La casa: de lámina, tablones viejos, dos habitaciones oscuras, piso de tierra, un colchón y la hoguera en el suelo para cocinar. No hay luz ni agua, solo la vida que abunda frente al abismo de la indiferencia y la desigualdad.

Termina la jornada y nos despedimos de este lugar donde aunque el agua abunda, el pueblo que lo habita siempre tendrá sed; donde la tierra es fértil, pero su gente camina con hambre; y donde la belleza se marchita cuando se acepta la realidad.   Recuesto mi cabeza sobre la ventana, de reojo veo a una niña que camina descalza detrás de su madre, sosteniendo una tinaja de agua como corona que sentencia su destino.  Ahora entiendo lo que es estar montaña adentro.

 

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