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Opiniones de hoy

Punto de inflexión

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A diferencia de lo que ocurrió al final del periodo imperial romano, los ciudadanos pueden guardar valor en un activo, que por inmaterial, ningún gobierno puede confiscar.

‘“Concuerden entre ustedes, denle siempre dinero a los soldados y no le hagan caso a nadie más”–les dijo Septimio Severo a sus hijos Caracalla y Getta, en su lecho de muerte, tras la campaña de Escocia, en el año 211 d. C. Ese mismo año, apenas meses después de la muerte del emperador, Caracalla asesinó a su hermano y asumió todo el poder. Sin embargo, no ignoró el resto de los consejos paternos: durante todo su gobierno, sobornó recurrentemente al ejército e ignoró las opiniones de todos los demás. Para mantener contentos a los hombres en armas, subió los impuestos, confiscó arbitrariamente propiedades, devaluó la moneda y en general, gastó sin mesura. Los ciudadanos, desprovistos de su antigua confianza en el denario, vieron sus libertades civiles crecientemente cercenadas por un régimen voraz y despótico y muchos empezaron a ver en el generalizado asalto bárbaro, una oportunidad para liberarse de aquel gobierno opresor. La llamada ‘crisis del siglo III’, preludio de la debacle final, se había iniciado…’ 

En el año 1776, el mismo en el cual Adam Smith publicaba ‘La riqueza de las Naciones’ y en el que una comisión compuesta por Thomas Jefferson, Benjamin Franklin y John Adams redactaba el “Acta de Independencia de EE. UU.” en Filadelfia, Edward Gibbon publicaba el primer tomo de su ‘Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano’. Estas tres obras (en el caso del Acta de Independencia, acompañada de los subsecuentes “Impresos Federalistas”) se constituyeron en la lectura final obligada de una “educación liberal clásica”, en el S. XIX. Entre los discípulos de tal método educativo estuvo un leñador autodidacta de Illinois, de nombre Abraham Lincoln, quien luego utilizaría tales enseñanzas en la positiva transformación de su país, al abolir la esclavitud, dotar a los desposeídos de tierras y preservar, por la fuerza, la unión de la Federación Norteamericana. La obra de Gibbon que leyó Lincoln, “modernizó” el estudio de los tiempos clásicos, que había cobrado creciente interés desde el Renacimiento, porque recurría a “fuentes originales” y otros documentos, sentando las bases de la historiografía documentalista contemporánea. El trabajo de Gibbon, además, arrojó nueva luz sobre la evolución de la civilización precursora de la moderna cultura occidental, revelando los procesos fundamentales que condujeron a su meteórico ascenso y después, a su colapso. Muchos han citado al trabajo de Gibbon como la inspiración originaria de lo que después se conocería en EE. UU. como los ‘Homestead Acts’, decretos legislativos que a partir de 1861 dotarían de tierras a los desposeídos en aquella gran nación, creando las bases de su posterior despegue industrial… 

Una primera etapa de la evolución imperial romana que puede inferirse de la obra de Gibbon, bajo la égida de los primeros emperadores y seguida de “los buenos emperadores”, revela un ascenso que descansó en (i) la creación de una inmensa clase media en todo el imperio, como fruto de la concesión de pequeñas propiedades agrícolas a los soldados que llegaban a su edad de retiro; y (ii) la existencia de una moneda sólida, expresada en la casi universal aceptación del denario y de un gasto gubernamental fundamentalmente equilibrado con el obligado cobro de los impuestos. Todo esto en el contexto de un inmenso mercado común comunicado entre sí por un solo idioma y una legislación común, además de una red de carreteras y rutas marítimas de comercio, custodiadas efectivamente por las casi invencibles legiones romanas. La subsiguiente prosperidad duró hasta el fin de la dinastía de “los Antoninos”, pero empezó a mostrar graves debilidades a partir de la dinastía de los sucesores de Septimio Severo. Una segunda y nueva etapa, al contrario, se caracterizó por el creciente déficit fiscal, acompañado de la recurrente devaluación de la moneda. A grandes rasgos, este nuevo proceso resultó del creciente costo para el régimen imperial de mantenerse en el poder, debido tanto a un ejército cada vez más numeroso y mejor pagado, como a una creciente y parasitaria burocracia gubernamental, a expensas de un sector productivo cada vez más castigado por los altos impuestos. Los romanos también devaluaban la moneda, rebajando la proporción de oro y plata y el peso total de las monedas, a las que “por decreto” le asignaban un valor que el mercado no reconocía y que condujo a una galopante inflación. Aunque el incremento de los precios llegó a castigarse hasta con la pena de muerte, la inflación no se pudo detener, sino en todo caso, al salirse los agentes económicos de los negocios ‘deficitarios por decreto’, se convertía en escasez. Haciendo forzosos recaudadores de impuestos ¡en especie, al final! a los más conocidos comerciantes de cada provincia, las políticas imperiales condujeron a ‘la ruralización de una civilización intrínsecamente urbana’, conforme los ciudadanos acaudalados evadían la posibilidad de ser nombrados forzados recaudadores, fugándose a sus villas campestres, lejos de las ciudades y del control estatal. Eventualmente, ‘el denario ya no valía nada’ y la gente que vendía algo siempre quería que le pagaran, “como exigían los bárbaros”, ‘en puro oro’. Pese a un tardío y finalmente abortado reavivamiento económico por la vía de reformas fiscales y monetarias que intentaron, primero, Dioclesiano y posteriormente, Constantino, a principios del S. IV, el imperio llegó a una inexorable situación terminal en la que ‘sus ingresos fiscales eran aguda y crónicamente insuficientes para mantener al imperio en pie’. Así, el 4 de septiembre del año 476 d. C., el emperador Rómulo Augusto, de 16 años de edad, fue obligado a abdicar de un imperio devenido impotente para defenderse, bajo presión de Odoacer, líder de los mercenarios germánicos, quien se proclamó Rey de Italia. El imperio romano de Occidente, ya “barbarizado”, sería a partir de entonces, solo una vaga memoria…

El pasado miércoles 6 de enero, Hank Scaramucci, dueño de un ‘diner’ en Manhattan, veía por la televisión cómo una horda de simpatizantes de Donald Trump irrumpía violentamente en las instalaciones del Capitolio, intentando impedir la certificación final, por el Congreso de EE. UU., del recuento de votos del Colegio Electoral que le dio el triunfo a Joseph Biden. Alternaba su atención entre la pantalla y las páginas de un periódico neoyorquino, lamentando la escasez de clientes derivada de la crisis de la actual pandemia, cuando una noticia impresa, llamó su atención: el ‘bitcoin’ había rebasado el precio de los US$40 mil. Aquel término, ‘bitcoin’, “le sonaba”. Entonces recordó a aquellos dos estudiantes “nerdos” que hacía varios años lo habían convencido de ‘aceptarles bitcoins para pagar por un almuerzo’. La escena vino súbitamente a su mente: ‘“Les reconoceré cada bitcoin en un centavo” –recordó Hank haberles dicho a Joe y a Charlie en algún momento del año 2010, para quitárselos de encima. “Pero será la última vez que hablemos del asunto”. “Hay que guardar muy bien este sobre con tus claves; no hay que perderlas o nunca recuperarás nada” –le advirtió Charlie, contento de haber “demostrado” que podía pagar algo con bitcoin. “Tengo un frasco en el que guardo unos billetes de Monopoly que me dio mi sobrina, con la promesa de pagarme el doble en dólares cuando se gradúe de abogada; ahí guardaré también tu ‘dinero electrónico’, los US$42.50 de los dos almuerzos. Pero espero que después de esto ya me dejen de joder”’Con un vuelco en el corazón, volteó la vista hacia el mostrador donde había dejado el frasco con los billetes de Monopoly de su sobrina. ¡El sobre seguía allí! Mentalmente hizo unas multiplicaciones y su corazón se aceleró… ¡aquel frasco contenía las llaves a una fortuna de más de US$150 millones!

En medio de una desenfrenada emisión monetaria inorgánica prevalente en todo el mundo (incluyendo a Guatemala), el mundo ha descubierto un “oro electrónico” que ningún gobierno puede controlar. A diferencia de lo que ocurrió al final del periodo imperial romano, los ciudadanos pueden guardar valor en un activo, que por inmaterial, ningún gobierno puede confiscar. Aunque ya no queda espacio para terminar el análisis en esta columna, queda claro que algo fundamental está pasando, amable lector: como exploraremos en un subsecuente artículo en este espacio, estamos frente a un punto de inflexión en la Historia Universal…

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