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Cristo Negro de Esquipulas

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El origen de la consagrada imagen del Cristo de Esquipulas se remonta a los años  de la Colonia española,  a finales del siglo XVI, cuando el escultor, ensamblador y pintor Quirio Cataño, de origen desconocido, aceptó el encargo de realizar la escultura solicitada por Monseñor Cristóbal de Morales en agosto de 1594: “Para que esculpiera un crucifijo de una vara y media de alto, muy bien acabado y perfeccionado”, para ser adorado por los indígenas chortís nativos de la villa de Esquipulas.  

No se sabe si por tradición manierista o intuición, el Cristo de Cataño resultó ser de color oscuro, casi negro, lo que fue de sumo agrado para los fieles del lugar, quienes inmediatamente se identificaron con el Cristo crucificado de expresión resignada y  piel oscura, en cruz de plata.  El artista tardó un año en realizar su obra, la más conocida y venerada entre las suyas. La imagen arribó a Esquipulas en 1695. 

Inicialmente, el crucifijo se veneró en una ermita y, luego, en 1759, la imagen pasó a ocupar el altar mayor del imponente templo de corte barroco,  construido a petición de Pedro Pardo de Figueroa, primer Arzobispo de Guatemala, como tributo personal al Cristo Negro por haberle salvado la vida milagrosamente después de una terrible enfermedad.  

Ya en el siglo XVII se sucedían grandes peregrinaciones y romerías para visitar al Cristo de los milagros, al “milagroso Cristo Negro”, convirtiendo Esquipulas en destino de culto y veneración.

Uno de los pasajes históricos más singulares se verificó cuando los jerarcas de la Iglesia católica decidieron en 1953 luchar abiertamente contra el gobierno del presidente Árbenz, considerado por algunos sectores guatemaltecos como ateo. Monseñor Rosell y Arellano conocía perfectamente a los guatemaltecos católicos de entonces, y el valor simbólico, histórico y religioso que tenía la venerable imagen de Esquipulas, por lo que organizó una gran peregrinación invocando un milagro,  para que Guatemala no cayera bajo el yugo del comunismo internacional.  Rossell y Arellano llevó en rogativa en un camioncito por toda la república una copia del Cristo Negro de Esquipulas, hecha por el artista Julio Urruela. Muchos recuerdan aún la llegada del Cristo Negro a la capital guatemalteca, cuando en el Parque Central la romería invocaba, con rezos y ruegos, la ayuda de Dios para que cristalizara el milagro. 

Décadas después, la pequeña Villa de Esquipulas se convirtió en la sede oficial para iniciar las conversaciones de paz que condujeron a detener el enfrentamiento armado, y fue también el lugar elegido por Juan Pablo II en su segunda visita a nuestro país, para celebrar la liturgia de unidad en la fe al que acudió gran número de guatemaltecos.

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