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Opiniones de hoy

Las entrañas del poder VI

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Follarismos.

El dignatario coloca las manos debajo del grifo que se enciende automáticamente y enjabona sus dedos con aplicación, como si estuviera restregándose la conciencia. ¡Ni rastro, todo termina! –apunta para sí, mientras la mirada tropieza con su imagen en el espejo. Se inclina para examinarla más de cerca. Percibe debajo del párpado una arruga que no estaba allí hace un mes. Sin darse cuenta de que el inconsciente le dicta a veces pensamientos dignos de pasar a la historia, esboza una conjetura: ¡Asombroso, el cuerpo se resiste como puede a la eternidad! A continuación, se peina el copete que no tiene, se ajusta la corbata y ensaya una sonrisa, antes de abandonar los servicios sanitarios con paso ligero y decidido. 

Junto al pórtico que conduce de vuelta al Salón de Recepciones, los guardias reproducen de nuevo la floritura militar habitual en el instante en que el hombre más poderoso del país, oloroso a brillantina y a esencias importadas, lo atraviesa con aires de diva y se dirige hacia la multitud que se encuentra en gran conversadera y dándose tremenda comilona. En el trayecto estrecha algunas manos y devuelve saludos y palmadas. Se acerca a la mesa donde su mujer platica con un grupo de esposas de embajadores y le hace una furtiva señal. Ella, sin embargo, parece no darse por enterada y se va hacia la esquina opuesta, justo en el momento en que los músicos emprenden la interpretación de la conocida marcha: “Ya se oyen los claros clarines”, lo que desencadena un alboroto de aplausos entre los presentes. Al darle alcance, cerca de las fuentes de caviar, la toma por el brazo con ternura de legionario y le suelta al oído, con la papada inclinada: Gorda, andá traeme las sales de bicarbonato, porque tengo el estómago como si me fueran a dar golpe de Estado. Y apurate, que no quiero que se me chingue el ánimo.

Viéndola alejarse entre los invitados, no puede menos que sentir agradecimiento y al mismo tiempo rencor hacia esa mujer que, si bien lo ha sostenido en los momentos más difíciles, le ha hecho la vida imposible con sus caprichos, celos y recriminaciones. Por eso no hay que aflojar demasiado las riendas –sentencia ensimismado–, porque al sexo débil se le están subiendo los humos a la cabeza y cree que la vida es merengue, ya ni que uno estuviera pintado, carajo.

A todo esto, las notas marciales de la orquesta han ido transformándose en un conocido vals vienés y han convertido el centro del salón en una pista de baile.

¡Viejo déspota y engreído, ojalá se te reviente la barriga! –gruñe entre dientes la Primera Dama, mientras se dirige con parsimonia al portón custodiado por los guardias del Castillo, perdón, de la Casa Presidencial. (Continuará…) 

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