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Opiniones de hoy

La UE replantea su política hacia Venezuela

opinion

Guatemala en su relación con Venezuela debe ser extremadamente cauta.

El régimen dictatorial, represivo e ilegítimo, que lo preside en Venezuela Nicolás Maduro, logró sobrevivir las fuertes y las sistemáticas embestidas promovidas en estos últimos cuatro años por el gobierno republicano de Donald Trump para desestabilizarlo y derrocarlo. Esto a un altísimo costo social y económico para el país. Y a pesar de ello y del significativo aislamiento internacional, el régimen venezolano realizó el 6 de diciembre pasado elecciones para integrar una nueva Asamblea Nacional, sin que participara ningún partido de la fragmentada oposición política y sin contar para estos comicios de una creíble observación y/o verificación internacional. La nueva Asamblea Nacional cuestionada por su ilegitimidad y controlada totalmente por el oficialismo tomó posesión este martes 5 de enero pasado. De esa manera, desplazó a la anterior que fue electa democrática y legítimamente y cuyo presidente Juan Guaido fue reconocido como presidente interino de Venezuela por la mayoría de países del Hemisferio Occidental incluyendo a Guatemala y de Europa ante la ilegitimidad de Nicolás Maduro, quien ha sido reelecto en comicios presidenciales por medio de flagrantes fraudes electorales.

En estas circunstancias a las que se aúna el estrepitoso y el tambaleante final de la administración Trump, que ha impulsado decididamente la presión contra el régimen de Venezuela, la Unión Europea, UE, sin contar ya como miembro al Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, replanteó a través de su Alto Representante para la Política Exterior, el español Josep Borrell, su política hacia Venezuela este miércoles 6 de enero pasado. La UE cuestiona las elecciones de la nueva Asamblea Nacional debido a que “no cumplieron con los estándares internacionales para un proceso creíble y para movilizar al pueblo venezolano a participar. La falta de pluralismo político y la forma en que se planificaron y ejecutaron las elecciones, incluida la descalificación de los líderes de la oposición, no permiten que su resultado sea considerado representativo de la voluntad democrática del pueblo venezolano”. Sin embargo, la UE ya no reconoce la presidencia interina de Juan Guaidó ni a la Asamblea Nacional previa que le daba legitimidad jurídica y democrática. Lo hace de la siguiente manera, “…la UE mantendrá su compromiso con todos los actores políticos y de la sociedad civil que luchan por devolver la democracia a Venezuela, incluido en particular Juan Guaidó y otros representantes de la Asamblea Nacional saliente elegida en 2015, que fue la última expresión libre de venezolanos en un proceso electoral”. 

Esta decisión de no continuar reconociendo la presidencia interina de Juan Guaidó y de ubicarlo como uno de otros actores políticos, fue de hecho una concesión, pareciera que sin nada a cambio, al régimen de Nicolás Maduro, quien lo ha tildado de conspirador, de complotista y de títere de Estados Unidos. Este cambio en la UE se da con la esperanza, más que ingenua, quizá se da por pragmatismo ideológico o bien por la necesidad de llenar un vacío con un rol de liderazgo internacional ante la grave situación de Venezuela y que así se allane el camino hacia, “una solución política para poner fin al estancamiento actual a través de un proceso inclusivo de diálogo y negociación que conduzca a procesos creíbles, inclusivos y democráticos, incluidas elecciones locales, presidenciales y legislativas”. 

Asimismo, se le da un reconocimiento a Nicolás Maduro al hacer la UE un “llamamiento a las autoridades y líderes venezolanos a priorizar los intereses del pueblo venezolano y unirse urgentemente para iniciar un proceso de transición liderado por la propia Venezuela”. Esta iniciativa de la UE, que tiene similitudes con otras iniciativas previas que han fracasado, propone tender puentes entre sectores profundamente polarizados y que se recelan y desconfían unos de otros. Además, la iniciativa llega sin una clara fuerza ni capacidad política de influir constructivamente en los distintos actores venezolanos. Ciertamente, el régimen de Nicolás Maduro se sentirá más cómodo con una intermediación europea que estadounidense en la cual el gobierno socialista de España podría asumir un rol visible. Este cambio de la UE hacia Venezuela se da sin esperar a que el nuevo gobierno demócrata de Estados Unidos tome posición y defina claramente su política hacia la situación venezolana. Este desfase en el tiempo, que podría dividir a la comunidad internacional, también favorece a Nicolás Maduro. En este contexto, Guatemala en su relación con Venezuela debe ser extremadamente cauta, sin ocurrencias, consistente y comprometida con el Grupo de Lima.

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