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Opiniones de hoy

Más allá de Trump

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La salud de la democracia demandará reformas profundas.

Las olas electorales de rechazo a la clase política son una caja de Pandora, y no vienen de ayer. En 1999 fue Chávez, y Correa en 2007. Ambos cambiaron la Constitución y permanecieron en el poder más de una década. Fueron caudillos en época de jauja; supieron negociar con las transnacionales y más de algún beneficio dejaron a sus Estados.

Evo es un caso aparte, porque fue producto de la maduración de una convergencia de movimientos de base, pero, igual, subido en la ola, transformó el Estado y copó el régimen político. Por eso su signo retornó, aunque no será lo mismo. En el último quinquenio emergieron en el hemisferio otros tres representativos del anti-‘establishment’ político: Trump, Bolsonaro y Bukele. 

El fenómeno más revelador y, por supuesto, con irradiación global es Trump. Subió a la plataforma del ‘establishment’ y la arrebató a sus oponentes. Es más, a partir de cierto momento el advenedizo se convirtió en líder indiscutido de los republicanos, y lo siguieron hasta que, ya derrotado, instigó el asalto del Capitolio.

A partir del 6 de enero Estados Unidos muestra abiertamente una cara de extremismo conservador con un líder de masas de alcance nacional y referente global. Trump no es Hitler, pero ha jugado con métodos nazistas. Resembró la xenofobia, sobre todo, latina. Quiso atraer al uno por ciento de los hipermillonarios rebajándoles impuestos. De Hitler sabemos sus atrocidades antisemitas y cómo sedujo a la flor y nata alemana, europea y más. 

Trump no forjó con un sistema propio a gran escala de formación de capital. Hitler lo fraguó con la guerra. Trump no supo revertir la desindustrialización provocada por la segunda etapa de la globalización en lo que va del siglo XXI. Las escaramuzas comerciales con China y la política aislacionista no aliviaron las condiciones materiales de sus seguidores.

Trump perdió inobjetablemente las elecciones del 3 de noviembre, y ahora el sector mayoritario institucional de su partido, no lo seguirá. Los demócratas saben qué tipo de bicho es y por eso le quieren cortar las alas desde ya. Él seguirá siendo una amenaza para el sistema, incluso fuera de la Casa Blanca. 

No me extrañaría que esta década de los 20 arrancase con un movimiento internacional de signo ultraconservador contra la globalización, enarbolando los oprobios supremacistas y negando las evidencias del cambio climático. Un movimiento fanático, violento, demencial. Trump puede ser el primer referente, al menos provisional, pues no hay que esperar peras del olmo. Intelectualmente, Trump es dependiente de Putin, otro crítico del sistema, de cálculo frío y mejor entrenado en la administración del poder, incluso más allá de sus fronteras.

Un mundo inédito, con nubes grises a corta distancia, se gesta en el arranque de esta década. La salud de la república democrática demandará reformas profundas para contener la probable pandemia, que tiene fuerte olor de nazismo.

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