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Opiniones de hoy

La sociedad del espectáculo

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Lado B

Guy Debord escribió uno de los libros más lúcidos sobre ese porvenir que ahora es nuestro presente: ‘La sociedad del espectáculo’. Si hubiera vivido para contarla, es decir, si no se hubiera suicidado en 1994, los acontecimientos del pasado miércoles 6 de enero en Estados Unidos: la toma del Capitolio por una pandilla de dibujos animados, le hubiera provocado esa sonrisa sardónica a la que nos tenía acostumbrados.

“Todo lo que una vez fue vivido directamente se ha convertido en una mera representación”, era una de las tesis en las que se fundamentaba ‘La sociedad del espectáculo’. Una frase bastante compleja a mediados de los años sesenta, cuando el libro apareció sin ir más allá de un círculo de iniciados. Digamos que por aquellos tiempos, la televisión basura aún se encontraba en pañales, los artilugios tecnológicos solo aparecían en series como Star Trek, las imágenes (o el paisaje audiovisual, como ahora le llaman) no causaban mayores estragos en las sociedades y la vida real era más real, por decirlo de alguna manera. Así que nadie le prestó mayor atención a este excéntrico personaje, que en sus escritos mezclaba con absoluto desparpajo la filosofía, el activismo político, la literatura, la experiencia rabiosamente personal, la experimentación artística…

Pero Debord sabía de lo que estaba hablando y a su manera quería alertarnos de lo que se avecinaba. Con los años, hasta intelectuales conservadores como Vargas Llosa tuvieron que reconocer que este ‘sesentayochero’ anárquico y revoltoso tenía la razón y era digno de ser parafraseado.

“Nothing is real”, cantaban los Beatles casi en el mismo momento en que Debord auguraba “la declinación de ser en tener, y de tener en simplemente parecer”. Ese “parecer” que los medios audiovisuales han convertido en su moneda de cambio. Todo parece real, pero nada lo es, y esa sensación de irrealidad de la que nos quejamos frente a los psicólogos comienza a corroer todos los aspectos de nuestra vida personal y social.

Pongamos por ejemplo ese espectáculo chusco en el que se ha convertido el ejercicio político aquí y en cualquier lado. La televisión basura produce barbarie, o más bien es la imagen misma de la barbarie como manifestación de poder. Jake Angeli, “el de los cuernos de bisonte”, es el rostro más difundido de la toma del Capitolio en Washington. Se le conoce también como ‘Q-Shaman’ o ‘Yellowstone Wolf’. Su estrafalario disfraz de Conan el bárbaro “atrajo como un imán a fotógrafos y camarógrafos”, reza una nota de prensa. El se define como “patriota”, “guerrero espiritual” y “soldado digital” a las órdenes de QAnon, una especie de secta que actualiza los  protocolos de los sabios de Sion (sic). Pareciera una construcción de cómics de a centavo mezclados con esas teorías de la conspiración que circulan por las redes sociales. Quiso ser cantante y actor, pero fracasó, me entero. Ahora aúlla, o eso es lo que lo vemos haciendo en la infinidad de imágenes que circulan. Podría ser simplemente un tipo jodido y anónimo, con la cabeza repleta de fantasías peligrosas. Pero encontró una causa que le ha permitido vivir sus 15 minutos de fama. Existe. Es espectáculo puro. 

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