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Opiniones de hoy

Nos reservamos el derecho de admisión

opinion

Tuitear sobre violencia muchas veces lleva al acto violento mismo. 

 

Donald Trump siempre ha sido, por ponerlo de alguna forma, una figura polémica. Desde el primer día se presentó como un outsider, un estadounidense “verdadero” con los intereses de sus nacionales como prioridad en la agenda. Parte de su diferencia con los políticos de carrera, más allá que su experiencia de vida, es su forma de expresarse. Alejándose de lo políticamente correcto y la forma tradicional de hablar, Trump ha optado por ir contracorriente y acudir a sus redes sociales con mensajes controvertidos. 

Muchos lo tachaban de loco e impulsivo, apolítico y siguiendo un discurso poco convencional. Esto había quedado en pura palabrería, hasta las elecciones de noviembre del año pasado. La narrativa constante que Trump adoptó tras las votaciones fue de cuestionar la legitimidad del proceso electoral, pegando el grito en el cielo de fraude. Esto, llevó a las plataformas de redes sociales a limitar las respuestas a sus publicaciones y a agregar un tipo de disclaimer ante los posts que ponían en tela de duda los resultados electorales. 

Sin embargo, no se queda allí. Los acontecimientos ocurridos recientemente en el Capitolio y las publicaciones posteriores de Trump lo llevaron al extremo: suspensión permanente de sus cuentas en la mayoría de redes sociales. Ante esto hubo reacciones diversas. Algunos, celebraban que por fin alguien le pusiera un alto a la cadena de desinformación intencionada iniciada por el presidente y sus seguidores. Otros, lo consideraron un ataque a la libertad de expresión, una censura parcial que sigue los intereses de Silicon Valley y toda el “ala progresista” de la nación. 

Ante esto me surgió la duda, ¿es realmente censura? Esto, como todo en la vida, no es blanco y negro y existe una escala de grises. Técnicamente hablando, la discusión inevitablemente termina en el derecho de propiedad que las mismas empresas o plataformas de redes sociales tienen sobre su forma de utilización. Cada una de ellas tiene unas reglas y condiciones que sus usuarios deben seguir para poder ser parte. Me explicaban que funciona algo así como el derecho de admisión que los restaurantes o bares tienen sobre quiénes pueden entrar o no a consumir en sus locales. 

Solemos olvidarnos que las redes sociales realmente operan como compañías privadas, con reglas internas que limitan su uso si los usuarios no siguen sus normas. Esto, en el caso de Trump, equivaldría al peleonero que echan del bar por estar armando pleitos con los demás. Más allá de discutir si la libertad de expresión tiene límites y si es absoluta o no, la discusión debería ir en torno a entender que estas plataformas son propiedad de alguien y ese alguien pone sus condiciones de uso. Seas el presidente del país más poderoso del mundo o no, la posibilidad que te bloqueen si te portas mal existe. Especialmente porque los mensajes y publicaciones en redes sociales muchas veces tienen consecuencias en carne propia y en vida real, más allá de la pantalla. Tuitear sobre violencia muchas veces lleva al acto violento mismo. 

Ahora bien, ¿bajo qué criterios estas empresas deciden qué usuarios pueden o no pueden utilizar sus plataformas? Debemos juzgar nosotros. 

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