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Opiniones de hoy

Las entrañas del poder V

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Follarismos.

Nuestro jefe de Estado descubre de pronto que ha estado sentado en la taza del inodoro un tiempo exagerado, desde antes de la Navidad, y que incomprensiblemente un cordón de su zapato está suelto. ¿Cómo no me di cuenta, me podría haber roto la crisma! ¡Ay!, la memoria y la atención, que empiezan a fallar –refunfuña, resignado. Ayer olvidé la conferencia de prensa, y hace un mes, el bautizo de mi nieto primogénito. Recapacita, sin embargo, no sin lucidez: Después de todo, no soy más que un simple mortal, aunque a veces deba conducirme como si no lo fuera. Pero sé que algún día me marcharé, igual que este pedazo que ha salido de mí: viajaré hacia el más allá por las tuberías insondables de los líquidos y de los gases, hasta fundirme con los océanos.

Concluida la reflexión de contenidos vagamente metafísicos, alcanza con gesto decidido un pedazo de papel largo y aterciopelado, se pone de pie y se lo lleva al trasero. Acostumbrado a que otros ejecuten para él los caprichos más descabellados, sabe que nadie, ni el más fiel de sus servidores, podrá realizar en su lugar esta ingrata tarea. Se encuentra, pues, profundamente solo, frente a la expresión concreta de su verdadero poder.

Uno de los dedos involucrados en el gesto de torpe humanidad roza sin querer un residuo de inmundicia mal eliminado. El caudillo suelta un improperio: ¡Mierda, tendré que enjabonarme! Porque, claro, afuera lo esperan ministros y embajadores, y él alzará la copa cristalina rebosante de champaña, brindará por la nación, así como por el año que empieza, y estrechará otras manos, igualmente cómplices y perfumadas.

Al terminar la meticulosa maniobra, se abrocha el pantalón –en este país, soy quien mejor lo lleva puesto, murmura para sí– y jala una palanca que provoca un ruido de hecatombe, desencadenando la succión de los vestigios que delatan la caducidad de la existencia. Quizás en su fuero interior habría preferido prolongar la estadía en el reservado o hubiera deseado emigrar con sus propios desechos hacia otros mundos, acaso menos abrumadores. Pero la vida tiene exigencias caprichosas e inaplazables, y el destino que él ha asumido con tanta vehemencia, pese a los innumerables sacrificios y mortificaciones, aguarda el retorno de su hijo pródigo.

Antes de abandonar el retrete en dirección a los lavamanos, rememora la célebre confidencia que un tío-abuelo suyo, antiguo gobernador provincial, le había hecho el día de su primera comunión: “El pecado de nosotros, hombres de Estado –le dijo al regalarle la que sería su primera pistola con balas de verdad–, es el de ser mortales”. Afirmación que no solo recibió como si se tratara de una verdad sacramental, sino que la utilizaba, siendo adulto, para flagelarse en sus noches de insomnio. (Continuará…)

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