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“Es difícil de entender cómo se puede gastar tanto en luces, ruido y bulla”

La práctica de la quema de pólvora en la temporada ha ido evolucionando en Guatemala de alegres guerras en los callejones de silbadores y canchinflines prohibidos a las aparatosas demostraciones de figuras de colores que estallan en el aire, en un espectáculo asombroso que aproxima la ilusión de las constelaciones y demuestra que la pólvora está profundamente enraizada en nuestra cultura, y exhibe la fortaleza económica del país. 

La noche del 31 de diciembre en La Antigua, después de realizar un breve recorrido por la ciudad vacía, bajo una llovizna insistente de la que no terminaba de protegernos la sombrilla, asumimos que no habría ruido a medianoche, pero fue todo lo contrario, porque al aproximarse la hora cero empezó la bulla, y desde el techo presenciamos las luces que daban la bienvenida al 2021, con acrobacias luminosas fuera de serie. Los fuegos artificiales se elevaron de manera extraordinaria desde todos los puntos de la ciudad y periferia, y por un cuarto de hora fue una fiesta de color. 

En la metrópoli capitalina sucedió igual, en los videos que circularon en las redes sociales se contempla la ciudad bajo fuego, tal y como se trasmiten las imágenes de los bombardeos en el Medio Oriente, pero aquí como un juego feliz.

Cuentan la historia de un vendedor viajero que durante la primera mitad del Siglo XX pasó en diciembre por Guatemala con su muestrario de telas, y en Nochebuena se levantó a medianoche a observar por la ventana del hotel la tronadera. En ese instante tuvo una epifanía, Guatemala era un país sencillo y discreto pero muy rico, porque donde la gente puede gastar tales fortunas en pólvora para escuchar breves minutos de algarabía, tenía que existir una mina de oro. De vendedor ambulante pasó a ser inmigrante emprendedor y a la vuelta de dos décadas se convirtió en uno de los empresarios más poderosos de entonces.

Se derrochó a pesar de la pandemia, del desempleo, del efecto del cierre completo y luego moderado, y de tantos negocios quebrados. Nuestras cifras estimadas de decrecimiento económico no alcanzan ni el dos por ciento, caída modesta en comparación con la región, y hubo fuegos artificiales de lujo. Los contrastes nacionales son muy altos, pero es difícil de entender cómo se puede gastar tanto en luces, ruido y bulla, unos iluminando el firmamento y otros con cohetes despenicados y volcancitos, pero todo suma. En este país hay hambre, pero los cohetes no pueden faltar porque no solo de pan vive el hombre. Ojalá la recuperación para este año sea tan brillante como la bienvenida de luces que dimos los ciudadanos con optimismo e ilusión.

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