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Opiniones de hoy

Papel de china: la mosca

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sobremesa

El papel de china era un insumo tan importante en otros tiempos como lo fueron los fósforos, indispensables para encender cada mañana la lumbre; la piedra de moler para hacer los recados y las salsas o la aspirina Bayer, el gran  invento del siglo, la que mágicamente quitaba desde el dolor de muelas hasta el tormentoso dolor de cabeza.

Dentro de una gaveta de alacena o un cajón en la cocina, junto a la única tijera del hogar y la maraña de pita de empaque estaba el rimerito de papel de china. De colores diversos, las mujeres de la casa conocían con exactitud los múltiples usos de este papel finito y noble, conocido como “papel de china” en honor a los inventores del papel.

Tiempo atrás, hace un poco más de cien años, se obsequiaba poco en Guatemala y solamente en contadas ocasiones: para los cumpleaños y quizás en Navidad, cuando era el Niño Jesús quien llevaba un solo obsequio navideño a una minoría de niños afortunados.  

En general, los regalos eran también de tamaño más pequeño y de menor valor, y era la costumbre  “enrollarlos” en papel de china cuando el  empaque era especial. No había cinta adhesiva transparente para asegurar el papel, por lo cual se amarraba con pita, cáñamo o listón. Mucho se amarraba con pita: los pedidos de la abarrotería, los pastelitos de la Jensen y en el mercado, con tusa o cibaque.

Conservo, entre mis reliquias familiares, de esas que no tienen precio, el papel de china color celeste tímido del envoltorio del primer obsequio que mi padre le dio a mi mamá, siendo ella aún una niña pues no había cumplido los dieciséis. 

Mi madre lo destapó en reunión familiar y ante los ojos enfurecidos de mi abuelo Dámaso, quien desde lejos murmuraba entre dientes, “habrase visto tanto atrevimiento”. 

María, que era mi madre, deshizo la moña, dobló el papel con el mayor de los cuidados y abrió una cajita aterciopelada: una pequeña mosca de prendedor, con panza de rubí, cabeza de aguamarina y alas de filigrana de oro, la cual fascinó a la joven cumpleañera. 

“No, no y, NO” dijo Dámaso, quien se había ido retirando hacia atrás de puro enojo. “En este preciso momento le mandamos a devolver a don Luis su regalo. Tres veces te ha hablado en la vida y por la ventana para que aceptes sus regalos”. 

Y entonces, la mosca con todo y cajita de terciopelo, volaron de regreso a mi padre, quien nunca cesó su intento de cortejar a mi madre, ingresando a la casa bastante tiempo después, cuando Dámaso, tragó saliva y aceptó que la cosa iba en serio y que ya era hora que las visitas de mi padre pasaran de la intemperie de la calle, a la sala, eso sí, con filita de chaperones que no dejaban de  vigilar al señor de sombrero de pandereta, trece años mayor que Mariita, mi madre, ingeniero graduado de apellido judío, nariz pronunciada y pelón.

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