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Opiniones de hoy

El año que nos alcanzó el futuro (3)

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El lado oscuro contraataca.

Recapitulo mis notas del 21 y 28 de diciembre: la CICIG fue una apuesta estratégica para contener la ruta predecible hacia una condición de ‘Estado fallido’ en 2020. Pero tras cuatro años de operaciones con luces y sombras, desmantelando estructuras criminales, el proceso político siguió inconmovible. En 2011 el PP ganó las elecciones limpiamente y de su mano ingresamos a la riesgosa etapa simbiótica de relación crimen-Estado. En 2015 el PP y su aliado, el partido Lider, controlaban el Congreso, la CSJ y el MP, y preveían afianzarse en las elecciones de 2015 y capturar los otros órganos de contrapeso, el TSE y la CC. 

Sorprendentemente, la ciudadanía en las plazas y el MP-CICIG en la batida antimafias, frustraron ese plan. Los todopoderosos PP y Lider fueron borrados del mapa, y un candidato marginal fue electo Presidente de la República. Jimmy Morales no tenía plan de gobierno ni equipo de trabajo. Alguna buena intención y mucha hambre de dinero. Con sus padrinos, grises militares retirados, realineó el Congreso –donde eran minoría– a golpe de billete contante y sonante. A la vez quiso quedar bien con la comunidad internacional. Se adelantó a pedir la renovación del mandato de la CICIG, hasta septiembre de 2019, y se subió al carro de la reforma Constitucional que animaban la propia Comisión y el MP. En ese 2016 se emprendió una serie de reformas normativas e institucionales, que no alcanzarían a madurar. 

La CICIG resultó víctima de su propio éxito: la dama ciega de la justicia no discriminó entre poderosos empresarios –intocables hasta entonces– ni la familia presidencial. Y las aguas comenzaron a agitarse, mientras el año cerraba con la elección de Trump. Se fraguó el contrataque. En 2017 se constituyó el ‘Pacto de Corruptos’ y los poderes Ejecutivo y Legislativo se atrincheraron, mientras, tras bambalinas, ciertas corporaciones echaban leña al fuego del discurso de odio, miedo y descalificación. La vetusta artillería soterrada de la Guerra Fría se desplegó con furia. Cualquier pretexto valió para enamorar a Trump, populista desorbitado: mudar la embajada a Jerusalén, el caso Bitkov manipulado como “venganza” de Putin, ofrecer Guatemala como depósito humano, alabar que nuestra niñez migrante no acompañada fuese asesinada a sangre fría o enjaulada, atacar las NN. UU. y hacer valer el derecho de picaporte con senadores republicanos financiados bajo la mesa. 

Todo, con tal de desembarazarse de la CICIG. Eso sí, muy nacionalistas y anticomunistas, con una inédita caja de resonancia –al menos tras la caída del muro de Berlín– en la capital de la democracia del mundo occidental: el irreconocible Washington trumpista. Alcanzaron la meta de fragmentar la política bipartita de apoyo a la CICIG y eludir sanciones por violar el acuerdo de la Comisión. La CICIG fue desmantelada en septiembre de 2019 y en 2020, con Giammattei y pandemia, nos alcanzó el futuro. (Concluiré el jueves 7.)

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