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Opiniones de hoy

2021: el inminente freno a la regresión…

opinion

‘“El precio de la libertad es la eterna vigilancia”’ – frase comúnmente atribuida a Thomas Jefferson; Virginia, EE. UU., c. 1776.

‘En 1870 la eficiente maquinaria bélica Prusiana de Otto von Bismark, presagiando otros futuros encuentros entre alemanes y franceses, le propinó una humillante derrota al varias veces ridículo Napoleón III. Este envió frívolamente a sus tropas a una innecesaria guerra, ya de por sí en inferioridad numérica, mal aprovisionadas y sin estrategia definida, con vistosos pantalones y quepis ¡rojos!; a enfrentar a disciplinados soldados germanos, pertrechados con el fruto más vanguardista de la industria militar de la época, enfundados en oscuros uniformes de batalla y portadores no de quepis, sino de novedosos cascos de acero. La captura en batalla del “emperador” francés y la concomitante pérdida de las provincias de Alsacia y Lorena fueron en los años subsiguientes una espina clavada dolorosamente en lo más hondo del orgullo galo. Un cuarto de siglo después, en 1894, cuando el nacionalismo francés aún se regocijaba de su reciente Feria Mundial (1889) y de su Torre Eiffel, emblemática del resurgimiento de Francia, una empleada de limpieza de la Embajada alemana en París –quien trabajaba para la inteligencia francesa– descubrió en un bote de basura una carta –de inmediato “filtrada” a la prensa– con detalles técnicos de armas francesas, escrita por un espía francés de los alemanes, quien obviamente trabajaba desde el interior del ejército galo. El escándalo produjo un inmediato y airado reclamo público por el esclarecimiento del caso y tras la investigación de rigor, el ejército francés pronto produjo un culpable: el capitán Adolfo Dreyfus, un franco-alsaciano, de origen judío, que hablaba el francés (como muchos de sus paisanos) con un “leve acento alemán”. El problema fue que como se evidenciaría después, el verdadero culpable había sido otro –el oficial Ferdinando Esterhazy, quien años después moriría impune, en un discreto y tranquilo autoexilio– pero “el honor del Ejército” ya se había comprometido con la investigación original, fabricando evidencia, presentando testigos falsos, finiquitando procesos legales y en general, satisfaciendo las pasiones del orgullo galo herido con una pública y pomposa defenestración del capitán Dreyfus, a quien tras despojarlo de sus insignias y romper su espada, lo enviaron a prisión perpetua a la insalubre y tropical “isla del Diablo”, en la Guayana Francesa. La apresurada “resolución del caso”, no obstante, llamó la atención de periodistas e intelectuales que pusieron en tela de juicio la objetividad y legalidad del proceder de la institución armada. La subsecuente discusión pública provocó que pronto Francia quedara honda y amargamente dividida en dos bandos: aquellos que defendían las acciones del ejército y que consideraban que “los dreyfusardos” eran unos traidores, comunistoides, judaizantes, “enemigos del verdadero pueblo francés” y estos últimos, que creían que el honor de Francia no implicaba condenar a un inocente. Ambos bandos se acusaban de “propalar noticias falsas”. En palabras de la autora polaco-estadounidense Anne Applebaum, era el primero de una serie de recurrentes enfrentamientos entre quienes consideran que la nación moderna es una especie de “clan étnico” y quienes consideran que esta es la encarnación de un conjunto de ideales: una en la que prima la justicia, la honestidad, la objetividad y la neutralidad de los tribunales…’

Desde la victoria de los aliados contra el Eje de nazis, fascistas e imperialistas japoneses en 1945, el mundo evolucionó en dirección a la supresión de las potencias imperiales abiertas y en dirección al establecimiento de instancias internacionales que sirvieran de sustituto civilizado a los enfrentamientos bélicos, haciendo énfasis en la cooperación internacional. Tras la inevitable ruptura de la efímera alianza entre las democracias occidentales y el socialismo marxista de la Unión Soviética de Stalin –incómodo aunque obligado matrimonio de conveniencia para vencer a Hitler y a sus allegados– el progreso de los ideales liberales de libertad de expresión, de conciencia y de comercio y la utilización de elecciones democráticas para establecer gobiernos, ganó terreno lenta pero inexorablemente en todo el mundo. Los ideales democráticos se enfrentaron entonces a la visión marxista de la historia y en esa febril competencia –que bajó radicalmente de intensidad en 1989, con el derrumbe del muro de Berlín y la desintegración de la URSS– sus adherentes no le prestaron atención al pensamiento ultraconservador, amigo de las autocracias, que invoca un cerrado concepto de nacionalismo, religión y “orden”, por considerarlo obsoleto, desfasado, “etapa superada”. Pero he aquí que ese pensamiento conservador regresivo ha estado ganando terreno en las últimas tres décadas en latitudes hasta hace poco, impensables. El triunfo de Boris Johnson y “el ‘brexit’” en el Reino Unido, los regímenes abiertamente autocráticos de Polonia, Hungría, Turquía y Brasil y sobre todo, el triunfo de Donald Trump en los EE. UU. en 2016, evidencian esta regresión hacia un nacionalismo cerrado, autoritario, desconfiado de la cooperación internacional, pero también de la libertad de prensa, de comercio y de conciencia. En el caso de Guatemala, en el que como en buena parte de América Latina nunca hubo un genuino y sostenido avance hacia la república auténticamente liberal y democrática, la regresión política del entorno internacional envalentonó al siempre subyacente conservadurismo autocrático que nos ha caracterizado. La “discusión” pública en torno a la CICIG, por ejemplo; o la defensa de una “institucionalidad estable”, aunque sea corrupta; o el persistente intento de las mafias –con la evidente complicidad del pensamiento conservador– para copar las cortes del país, además de los ya mayoritariamente tomados organismos Legislativo y Ejecutivo, dividen a la sociedad guatemalteca entre nuestros modernos “dreyfusardos” y sus detractores. Hasta hace poco nuestros conservadores de tendencias autocráticas se sentían muy confiados de que la regresión había llegado aquí para quedarse y que continuaría sin interrupciones previsibles… hasta que contra sus expectativas, el Trumpismo perdió las recientes elecciones en los EE. UU. este agitado año 2020.

A ojos de muchos conservadores chapines, “el robo de las elecciones” que “le acaban de hacer a Trump”, presagia un futuro problemático de creciente influencia “comunista” en el gobierno de Joe Biden (¡aunque usted no lo crea!), contra el que “hay que prepararse”. Pero no hay tales. No hay tales de un heroico “sheriff” a quien un pueblo ignorante y desagradecido está sacando injustamente “a tomatazos”. Simplemente, y pese al sesgo antidemocrático del sistema electoral norteamericano, ‘una mayoría suficientemente grande decidió no condonar el sistemático abuso de poder de Mr. Trump’. Lo que sí ocurrirá en el 2021, por otra parte, es un punto de inflexión que tendrá por resultado un freno a nuestra desafortunada regresión política local. Ya sin el apoyo solapado o la conveniente indiferencia de un ‘Tacho’ Somoza del Norte, los conservadores y sus corruptos aliados locales no podrán continuar acallando tan fácilmente a la creciente voz del “burgués anónimo” que ha surgido en Guatemala como resultado de nuestra dinámica demográfica natural. Ese incipiente ciudadano guatemalteco de clase media, crecientemente consciente aunque apaleado, que está harto de la corrupción de nuestras cortes y de nuestras dependencias estatales y que encabeza una opinión mayoritaria no representada fielmente en nuestro sistema político, quiere cambios. No quiere ver aquí a una Venezuela madurista, ‘pero tampoco un retorno al ubiquismo’. Frente a esa novedosa realidad social, la debacle de los partidos políticos que no son genuinos partidos continuará y creará las condiciones para el surgimiento de una auténtica república democrática. Y la derrota del coronavirus con las nuevas vacunas creará las condiciones para un repunte en el desarrollo socioeconómico, de la mano de iniciativas novedosas que hasta ahora, por razones de supervivencia, han permanecido sumergidas. Sí, el año que viene, vendrán cambios positivos… ¡Feliz 2021!

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