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Opiniones de hoy

Las entrañas de poder II

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Follarismos.

¡Cuán liberador y edificante sería, en efecto, introducir un par de cámaras camufladas, de esas que filman hasta los pensamientos, al interior del cubículo donde el protagonista de nuestra historia acaba de entrar! Ello nos permitiría husmear –si se acepta la expresión– en las entrañas del poder y evidenciar su irrisoria y fugaz consistencia.

El personaje que nos ocupa ha hecho, pues, irrupción en uno de los retretes de la Casa Presidencial, el día magno en que se celebra la fiesta nacional. Mediante un dispositivo de cámaras especiales es posible contemplarlo ahora de cuerpo entero y admirarse por la rapidez con la que se ha desabotonado el pantalón y se ha bajado los calzoncillos para dejarse caer, con todo el peso de sus tripas, sobre la llamada taza. Y si realmente estábamos atentos, habremos también escuchado un largo suspiro que traduce sonoramente el alivio de alguien que está a punto de abandonarse a la causa de la paz. Mas no de esa que tiembla ante la amenaza permanente de la espada de Damocles, sino de la íntima y secreta, que nos permite –al menos por unos minutos– ponernos en contacto con nuestra esencia.

Segundos antes de la deposición, una duda se instala en su canoso cerebro: ahora que pudo contenerse heroicamente (las ganas se le habían manifestado durante la breve conversación que tuvo que interrumpir hace cinco minutos), a lo mejor la cosa ya no le sea tan fácil y tenga que pujar, como lo hizo el otro día cuando ayudó a su mujer a cerrar las maletas en Washington, en que por poco se le saltan las tripas por la boca. O bien –y esto es lo más probable–, tal vez le resulte harto sencillo y todo fluya como una desintegración apocalíptica en miniatura, con truenos y vendavales similares a los que se ciernen sobre su país durante la época de lluvias.

Nuestro hombre recapitula acerca de los excesos de esta noche: demasiado chicharrón, demasiado caviar, demasiado de todo. No obstante, el médico se lo había advertido. Pero bueno, ya se sabe, ¡los médicos siempre exageran!

Haciendo acopio de fuerzas, entrelaza las manos y cierra los ojos para dejarse arrastrar por el torbellino intestinal. Y en su alma turbada brota el extraño presentimiento de que se está acercando el principio del fin. 

Lo sucedido a continuación es algo que todos hemos ya experimentado. Y por tratarse de un fenómeno puramente mecánico, cuya carencia de “patos” solo interesa a algunos fisiólogos, quizá valga la pena aprovechar la circunstancia para entregarnos, junto con el protagonista, a las delicias dilatorias de una pausa publicitaria.

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