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Opinión

Giammattei en su metro cuadrado


Giammattei y sus círculos minimizan lo sucedido, no quieren hablar de crisis.

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El nuevo episodio de crisis política, expresa variaciones respecto a lo vivido en 2015. No existe a la distancia un proceso electoral que sirva de contención y oxigene el momento. Además, la ciudadanía no está dispuesta a esperar a que las acciones de desgobierno transcurran casi indefinidamente. Las expectativas son cortas. Si algo no funciona, a cambiar las piezas desgastadas.

Giammattei y sus círculos minimizan lo sucedido, no quieren hablar de crisis. Al mismo tiempo, se inventan los detonantes. Creen erróneamente que tras las movilizaciones y acciones colaterales, hay toda una trama orientada a la desestabilización. Semejante miopía, es parte de su estrategia equivocada y fracasada de contener los inicios de la oleada de descontentos. Ese mal manejo, ha traído como consecuencias, que los eventos que han tomado combustión y se han transformado en factores de crisis en ascenso. 

Algunos sectores invocan el llamado al diálogo, pero ese espacio supone, al menos, dos condiciones básicas: 1) aplicación de medidas (precondiciones) para que sectores representativos se sienten a la mesa; 2) mínimos de credibilidad y legitimidad de la figura presidencial. En el primer punto, condiciones básicas son: cierre del Centro de Gobierno, destitución y encausamiento penal del Ministro de Gobernación y otros implicados en la represión policial de días pasados, clara definición de las ampliaciones presupuestarias que en enero próximo deberá presentar el Ministerio de Finanzas al Congreso y solicitud de renuncias del gabinete de ministros (como se estila tradicionalmente en muchos países). A partir de allí, podemos comenzar a hablar de diálogo. 

En el otro punto, el Presidente es un actor inerte. En tanto minimice la gravedad del momento, se enquiste en respuestas emocionales (sed de venganza contra los supuestos responsables, defensa total de sus acciones, por ejemplo), la soga atada a su cuello seguirá apretándose. No cuenta con los mínimos de legitimidad y credibilidad para moverse de su metro cuadrado. Su figura no corresponde, ni por asomo, con la del líder político que el país requiere para recuperarnos de los momentos aciagos de 2020. Los pocos aliados están cerca solo por los compromisos económicos y políticos por pagar. Para ellos, no es una figura confiable, a quien solo le interesa salvarse a sí mismo. En esas condiciones, el mecanismo de diálogo es lejano, carece de contenido y solo serviría para oxigenar un mandato y agendas de intereses que nada tienen que ver con las demandas ciudadanas. 

La acumulación de factores es de tal magnitud, que en enero 2021 el proceso continuará y probablemente agregue más ingredientes. Para gravitar dos años más y llegar a la otra orilla, el hoy Presidente necesita una serie de insumos (que no cuenta), por lo que para contar con ellos necesitará activar mecanismos y gavetas cuyas llaves tampoco posee. Así que es presa de sus propios errores y condiciones. Si iniciamos el próximo año sin haber dado ningún paso atrás en los factores enunciados y AG y sus redes siguen empecinados en sus objetivos, como la toma del control total de la Corte de Constitucionalidad, y las Cortes en general, el manejo inescrupuloso y opaco de los recursos públicos, el uso de mecanismos autoritarios, la crisis tomará más fuerza y sus días estarán contados.

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