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Opiniones de hoy

25 de noviembre

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Los nombres que no olvidamos.

La violencia contra las mujeres ha sido un continuo en la historia de Guatemala y sigue presente, tanto en espacios públicos como privados. Miles de mujeres son violentadas sexualmente, asesinadas, desaparecidas, obligadas a maternidades y matrimonios forzados y agredidas en lo más profundo de su ser, por el hecho de ser mujeres. 

Durante el Conflicto Armado Interno, según el Informe de Esclarecimiento Histórico, se registraron 1500 casos de violencia sexual en contra de las mujeres; además, cientos de desapariciones, mutilaciones, torturas, ejecuciones y otras brutalidades, propias de las peores películas de terror. Mujeres como Rosario Godoy, Alaíde Foppa, Irma Flaquer, Rogelia Cruz, Mamá Maquín y qué decir de las mujeres de Sepur Zarco, por nombrar algunas, fueron víctimas de la brutalidad del aparato estatal: por lo que representaban, por lo que pensaban y lo que hacían. 

Veinticinco años más tarde, en “tiempos de paz”, esta violencia continúa se manifiesta de otras formas igualmente horrorosas. Durante el siglo XXI, la violencia contra la mujer ha seguido presente y se ha materializado en forma de femicidios, trata de personas, embarazos forzados, entre otros. 

La Corte Interamericana de Derechos Humanos, en el caso Veliz Franco vrs el Estado de Guatemala, señaló “que tal situación de violencia ha persistido con posterioridad a la finalización del conflicto armado, y se ve reflejada en una cultura de violencia que continúa con los años, dentro de la cual hay un sustrato propio de violencia que afecta especialmente a mujeres. Pese a ello, esta violencia ha pasado desapercibida, entre otras razones, por la aquiescencia y pasividad del Estado”.

Casos como la desaparición forzada de Mayra Gutiérrez y los femicidios de María Isabel Veliz Franco y Claudina Velásquez Paíz, al principio de la década del 2000, mostraron que la violencia contra las mujeres no es un fenómeno aislado, sino una práctica constante de este sistema machista y patriarcal. En la década de 2010, la desaparición y posible femicidio de Cristina Siekavizza nos sacudió enormemente, pero, sobre todo, nos enseñó que la violencia contra la mujer no tiene clase social. 

Recientemente, con perplejidad, pudimos observar que, en el Hogar Virgen de la Asunción, cuya función era resguardar a niñas y adolescentes, fueron asesinadas 41 niñas, con tal brutalidad que aún es difícil asimilar qué sucedió y qué hay alrededor de ello.  

No alcanza este espacio para nombrar a todas las mujeres víctimas de violencia, en esta fecha en que se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra la Mujeres; sin embargo, es imprescindible hacerlo, con sus nombres y apellidos, no solo para honrar su memoria, sino también para que estos hechos de violencia no queden impunes.

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