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Opiniones de hoy

¡Deus Vult! El peligro está en los extremos

opinion

Una vez el fanatismo se apodera de la mente humana, hay poco que se pueda hacer. No hay argumento o dato verificable que haga entrar en razón a una persona cuya mente se ve apoderada por un fanatismo religioso, político o económico. Es curioso analizar la historia y encontrar que siempre ha habido periodos caracterizados por extremismos de distintas índoles. Si bien hay muchas diferencias entre el fanatismo que convulsionó la Edad Media con los extremismos que hacen tambalear la civilización del siglo XXI, también hay ciertas similitudes de fondo como el poder.

Esta columna estará divida en tres partes: en la primera hablaré sobre el extremismo religioso de la Edad Media, la segunda sobre el fanatismo político de la primera mitad del siglo XX con el fascismo y la tercera parte con el extremismo económico durante y después de la Guerra Fría. 

La Edad Media en Europa se caracterizó por una línea muy difusa entre lo político y lo religioso. Política y religión eran básicamente lo mismo, los preceptos religiosos eran básicamente leyes en sociedades predominantemente rurales y poco educadas. Este periodo histórico también se caracterizó por un férreo control doctrinal de la Iglesia, su violencia a la hora de defender sus creencias y su poca tolerancia con cualquiera que pensase distinto (ni se diga con los que profesaban otra fe que no fuese la “única y verdadera”). 

A través del miedo (a la condena eterna del alma al infierno), del hermetismo y el misterio – ritos oficiados exclusivamente por un selecto grupo de la curia, expresadas en una lengua como el latín que pocos hablaban y con mucha teatralidad – más la ignorancia del populacho como política, la religión sirvió para consolidar un sistema altamente desigual que únicamente beneficiaba a una minoría representada en la nobleza y los miembros de la Iglesia Católica. 

El extremismo en esta época consistía en perseguir, intimidar, torturar, humillar y asesinar a todo aquel que osase en cuestionar la autoridad real y religiosa. Tal era la psicosis de mantener el status quo a toda costa, que cualquier intento de reforma era brutalmente aplacado. Jan Huss (teólogo y filósofo checo) se opuso a la predominancia del papado, y por su “insolencia” fue quemado en la hoguera en 1415. William Tyndale osó en traducir la biblia al inglés, y conoció el mismo destino que Huss, en 1536.

También este extremismo se manifestó en un ataque sistemático al avance del conocimiento científico. Las autoridades religiosas ya habían declarado que toda la verdad estaba revelada en los textos sagrados, y que refutarlos era ir en contra de los mandatos de Dios. Muchos eminentes científicos como Copérnico y Galileo fueron perseguidos por sus ideas radicales sobre el heliocentrismo y por sus descubrimientos astronómicos. Giordano Bruno propuso que el Sol era sólo una estrella más en la infinidad del espacio, y ardió en la hoguera en 1600. 

Toda época, por muy larga que sea, tiene un fin. Y el fin del medioevo, en gran medida, se dio cuando la humanidad descubrió su ignorancia y vio cuan poco sabía del mundo y el universo. Eso propició a cuestionar el modelo de verdades dogmáticas basadas en la obediencia y a empezar a buscar el conocimiento a través del cuestionamiento. Esto pavimentó el camino al Renacimiento, donde el humano (y no Dios) pasó a ser lo más importante y luego a la Revolución Científica, que cambió el mundo para siempre. La historia no se repite, pero rima,  y si vemos el mundo del siglo XXI, los viejos fantasmas de la intolerancia religiosa han vuelto para atormentar una vez más a la humanidad.

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