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Opiniones de hoy

En el país de la indignación impotente

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La respuesta radica en unirnos para romper esa jaula de indignidad en la que vivimos en una miseria inaceptable.

En un libro publicado recientemente, el sociólogo francés François Dubet desarrolla el diagnóstico de que “el espíritu de la época es de pasiones tristes”. Su apreciación no es gratuita: confirma el creciente número de pensadores que subrayan cómo las sociedades contemporáneas se ven afectadas por niveles intolerables de depresión, cansancio, miedo, frustración, resentimiento e ira. Este fenómeno facilita que las sociedades sean presas de la desinformación, de la manipulación y de, valga la expresión, las más evidentes mentiras.

Ahora bien, el miedo, la ira, el odio, y otros estados que nos embargan, son afecciones que suponen un proceso interno de frustración. Como tales, no solo responden a factores endógenos, sino también, y ante todo, a situaciones externas planteadas por un mundo injusto y desigual. No son afecciones que solo requieren de fármacos, sino que podrían ser remediadas por cambios sociales orientados a la justicia. 

Peor aún, como lo señala el mismo Dubet, las mismas desigualdades –cada día articuladas de maneras más complejas– ya no se expresan contra los detentadores del poder –remotos, en otro planeta, en un mundo vaporoso que no es el que comparten los seres humanos normales– sino en el que está al lado. Las pasiones, entonces, socavan las bases de la comunidad

Este diagnóstico puede aplicarse a nuestro país, siempre que estemos dispuestos a bajar unas gradas más. En Guatemala esta situación ha hecho mella hasta el punto de paralizar a la sociedad. No se puede esperar algo diferente de un ambiente en el que priva la desconfianza, la indiferencia y la mezquindad, y, en consecuencia, la indiferencia ante las causas comunes. Políticamente esto es fatal, puesto que los esfuerzos comunes requieren virtudes como la abnegación, la generosidad, el sacrificio. Nunca una lucha por la justicia ha triunfado sin la presencia de las grandes convicciones y sentimientos.

Lo dicho permite responder a uno de los cuestionamientos que más se escucha en Guatemala: ¿por qué, ante una situación tan desesperada, la gente no hace nada? Muchas personas bien intencionadas se preguntan: “¿Y qué puedo hacer yo?” La pregunta ya apunta a un problema, puesto que esta debería ser: “¿Qué podemos hacer?”. 

El individualismo, a menudo no asumido, hace que la indignación permanente no pueda traducirse en acción transformadora. Esto lo saben aquellos que se quieren pensar amos del mundo. Por eso los políticos no dan marcha atrás en su rapiña; por lo mismo, muchos empresarios delinquen de manera cínica con sus servicios o productos. Se sabe que todo terminará en reclamos ante un empleado avergonzado o en arrebatos de cólera en las redes sociales. En este ambiente de enojos inútiles se genera una impotencia política que se une al tradicional fatalismo político del guatemalteco.

Las pequeñeces espirituales nos convierten en personas que, al final, pelean pequeñas batallas antes que las verdaderamente importantes. Esto lo ilustra la izquierda guatemalteca con sus minúsculas rencillas y sus peleas por protagonismos. La unidad se puede conseguir siempre que fulano o zutano sea el líder, aunque se sepa que no se tiene un don que no puede tener cualquiera.

La clave, como lo piensa Dubet, es cómo escapar de la rutinización de una indignación que nos separa en lugar de unirnos. Esta es una tarea que debemos tomar si queremos construir el futuro anhelado. No podemos seguir con el activismo de Internet, sin asumir los grandes cambios. El descontento de las redes puede servir como un ruido de fondo, como la consciencia continua de una injusticia, pero debe ser superado por la intervención directa de la sociedad en los asuntos que le incumben. En conclusión, la respuesta radica en unirnos para romper esa jaula de indignidad en la que vivimos en una miseria inaceptable.

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