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Opiniones de hoy

Adiós a una gran dama

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Siang Aguado de Seidner era una ‘grande dame’, su grandeza intelectual era solo igualada por su estatura como ser humano. Hay personas que llegan a ser instituciones, y Siang fue una de ellas. 

A Siang la conocí a principios de los años ochenta en el viejo campus de la Universidad Francisco Marroquín, porque era la hija de Salvador Aguado-Andreut; pero nunca estuvo a la sombra de aquel grande de la enseñanza de la literatura y del idioma español. Siang brillaba con luz propia, ¡Y cómo brillaba! Una conversación con ella sobre temas de historia, cultura, o ‘savoir faire’ era capaz de hacerle el día a quien tuviera la dicha de participar, ya fuera para estar de acuerdo con ella, o no. 

Lo suyo no era solo saber mucho (eso cualquiera); sino saber compartirlo, saber enseñar, saber inspirar. Lo suyo era ser maestra en el sentido más honroso de la palabra. 

Siang de Seidner recibió muchos reconocimientos en vida. Fue celebrada públicamente entre los grandes educadores de Guatemala; recibió la Orden de las Palmas académicas, que confiere el gobierno de Francia; fue homenajeada por el Banco Industrial, propuesta por la Asociación de mujeres periodistas y escritoras de Guatemala; recibió la Orden Gabriela Mistral, de Chile; y la UFM también le reconoció su labor. Pero, sobre todo, Siang se llevó el cariño, el respeto y la admiración de su familia, amigos, colegas, estudiantes y colaboradores. 

Fue autora de ‘El juego de los espejos’, libro en el que compartió sus reflexiones sobre temas variados; meditaciones frescas y espontáneas, escritas con esa naturalidad que es propia de las personas que son blancas y puras como la luz del día, o como la luz de la Luna. 

Cada semestre, Siang me honraba con permitirme presentarla en la cátedra Salvador Aguado, que ella dirigía en la UFM. Cada semestre yo compartía con sus estudiantes la emoción de lo que se venía. Y cada solsticio de invierno me gustaba pasarle dejando una mermelada hecha en casa, como homenaje y como agradecimiento. Y hoy escribí estas líneas con tristeza; pero con gratitud por haber caminado, detrás de ella, aunque fuera un pedacito del camino. 

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