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Opiniones de hoy

El último de los demagogos

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Donald Trump se convirtió en la peor pesadilla del Partido Republicano.

Los seductores del populacho surgen en todas las generaciones. Desde los tiempos de la Grecia clásica, Pericles, con su retórica infamante y el concurso de Efialtes, mandó al ostracismo a un buen hombre como Cimón. Basta que exista lo que Plutarco denominó “una fractura escondida en la sociedad” para que los disociadores se aprovechen del “vulgo profano” – magistralmente definido por Tácito- y lleven a sus sociedades hacia el precipicio.

Tucídides nos legó el discurso pronunciado por Pericles en loor a los caídos, una especie de lección cívica anual enunciada a los atenienses para honrar a los soldados que habían perdido la vida durante las guerras. Pese a la belleza oratoria del encomio, lo cierto es que Pericles inauguró el fin de la hegemonía ateniense.

Una generación después, Alcibíades, personaje fascinante y sobrino político de Perícles, con retórica incendiaria y en alianza con Nicia, ostracizó a Hipérbolo; hombre desprejuiciado de cualquier decencia y recurrido en la sociedad para linchamientos políticos.

Alcibíades también sería víctima de los hierofantes del culto a la calumnia, esta vez fue un tal Andócide, quien le señaló de burlarse de los cultos mistéricos a Démeter y luego en un acto frenético de embriaguez mezclada con arrogancia, mutilar con algunos amigos las hermas -particulares estatuas en forma de columna cuadrangular dedicadas al dios Hermes-.

No obstante las acusaciones, Alcibíades pudo partir en su expedición contra Siracusa y al nada más llegar a Sicilia una comisión de la polis le conminó a retornar para enfrentar el juicio respectivo.

Alcibíades huyó hacia Esparta, proporcionó todos los puntos débiles de su patria y fue responsable en gran parte de la derrota de Atenas en la guerra del Peloponeso.

Lo mismo podríamos decir de incitadores del vulgo como Terencio Varrón, que llevó a los romanos hacia la derrota de Cannas; un Catilina o Cirilo de Alejandría -autor intelectual del incendio de la biblioteca de Alejandría-.

Ahora vivimos tiempos de populismos de derecha, hace poco eran de izquierda; sucede en la política estadounidense, que llega a su punto más bajo desde 1776.

Donald Trump se convirtió en la peor pesadilla del partido Republicano, hasta sus defensores a ultranza han debido apearse de ese Titanic en que se ha convertido su administración.

El supremacismo racial, Coronavirus y ahora John Bolton; le desnudaron, mostrándolo de cuerpo entero, como un agitador de masas a través de la diseminación del virus más potente: el odio. Contra ese flagelo el único anticuerpo efectivo es la educación -una materia relativamente olvidada para la capacidad económica de dicho país-.

Con un discurso limitadísimo y mediocre, donde todo son consignas como “so great”, “like never before”, “tremedous”, “get rid of bad people” o “incredible success”; este ícono del estereotipado ‘“blanco sureño”’ es el harapiento -intelectualmente hablando- Catilina que nunca quisieron los ‘“conservatives”’ norteamericanos. Así será recordado.

Aquí, los libertarados tropicales callan sobre su oposición al libre comercio o sentar a los supremacistas en su mesa. Quienes decían que fue el único en confrontar a los chinos, resulta que Bolton los corrige cuando nos cuenta que rogó a Xi que le ayudara con su campaña electoral, colocando a su país en un predicado terrible.

Hasta lo compararon con Hércules, imagino a Newton -el de las caricaturas- indignado; no obstante, hay algo que llama a la reflexión en esa comparación y es que Hércules fue capaz de matar a su mujer, hijos y sobrinos…

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