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Opiniones de hoy

Salud personal y salud pública

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El costo personal y el costo social de mantenernos separados y distantes se vuelve cada día que pasa más insostenible.

La pandemia que asola al mundo nos plantea dilemas urgentes a las personas físicas, pero también a la sociedad y a las instituciones públicas y privadas. Parecería que la buena salud personal, condición necesaria para una vida larga y feliz, es un interés supremo para los individuos y que por lo tanto lo racional es cuidarla y protegerla. Sin embargo, no se puede olvidar que nadie es una isla, sino que todos somos parte de un continente tal como lo señalaba el poeta inglés John Donne en el siglo XVII, ‘“la muerte de cualquier hombre me afecta/ porque me encuentro unido a toda la humanidad/ por eso, nunca preguntes/ por quién doblan las campanas/ están doblando por ti”’.

Hoy muchos discutimos no solo los ‘cómos’ sino también los ‘porqués’ de las políticas que los gobiernos han establecido para luchar contra el COVID-19. Sin duda es muy sano que en las democracias los ciudadanos nos informemos y discutamos sobre todos los asuntos que nos interesen, y sin duda la salud propia y la salud de los demás nos conciernen a todos. Sabemos bien que no somos islas aisladas e invulnerables a lo que sucede más allá de nuestra piel. La experiencia diaria nos enseña que no somos como las mónadas de Leibniz, unidades mentales simples coordinadas pero impermeables sino todo lo contrario, somos polvo de estrellas complejamente organizado en equilibrios inestables y siempre sujetos a la catástrofe y a la destrucción. Asegurar nuestra permanencia en el tiempo es nuestro interés supremo. Así, la pregunta ahora es: ¿qué conviene hacer?

Si aceptamos que no somos islas ni tampoco mónadas y que el COVID-19 en realidad es un virus sumamente agresivo y contagioso, capaz de penetrarnos, afectar nuestros órganos y vulnerar nuestros equilibrios sistémicos y provocar con ello nuestra desorganización y destrucción como individuos personales, la primera y más inmediata respuesta es buscar el aislamiento. Giovanni Boccaccio escribió su famosa obra ‘El Decamerón’ o ‘El príncipe Galeoto’, una historia de los diez días que pasan encerrados en una villa campestre diez jóvenes, siete mujeres y tres hombres, buscando así escapar al contagio de la peste negra que en 1348 asolaba la ciudad de Florencia. A falta de otros medios de diversión, los personajes encerrados y aislados del mundo, se cuentan cien cuentos para pasar el tiempo. Hoy tenemos otros medios de diversión, pero también el aislamiento ha sido nuestra primera respuesta a la pandemia.

Tras noventa días de aislamiento, los cuentos y las historias disponibles parecen haber llegado a su fin. Todos estamos ansiosos de regresar a nuestras vidas normales, a nuestra cotidianeidad. El costo personal y el costo social de mantenernos separados y distantes se vuelve cada día que pasa más insostenible. Nuestro mundo ya no es como el de Boccaccio. Nuestras vidas se han entrelazado unas con otras de una manera inimaginable hace tan solo cuarenta o cincuenta años. Y es por esto por lo que nuestra respuesta a la pandemia ya no puede ser el simple aislamiento. Pero tampoco puede ser el ‘“¡ahora sálvese quien pueda!”’ que algunos individuos están proponiendo. La salud pública es parte de nuestro interés vital.

En circunstancias como estas, de peligro grave e inminente para nuestra existencia personal, una de las primeras víctimas es la solidaridad natural que como humanos nos debemos. Es importante recordar que todos somos guardianes de nuestros hermanos. ‘“Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató. Y Yahveh le preguntó a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano? Y Caín respondió: No sé. ¿Soy yo acaso guardián de mi hermano?”’ Sin duda si lo somos.

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