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Opiniones de hoy

Horrendo asesinato en Petén

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El pasado sábado 6 de junio, en la aldea Chimay, ubicada en San Luis Petén, fue asesinado Domingo Choc Che, quien era un científico maya, experto en medicina natural. Según informaciones de prensa, la víctima fue quemada viva por una deshumanizada y embrutecida turba, que le acusó de “brujería”. Sin duda, un demencial linchamiento, con toda su cauda de salvajismo, horror y ausencia de compasión.

El Código Penal denomina al linchamiento como “delito de muchedumbre”, el cual tiene las siguientes notas típicas: Si la reunión tuvo por objeto cometer determinados delitos, responderán como autores todos los que hubieren participado materialmente en su ejecución, así como aquellos que, sin haber tenido participación material, asumieron el carácter de directores.

Asimismo, el Código Penal dispone que comete el delito de asesinato quien matare a una persona con alevosía, premeditación o perversidad brutal, y que el responsable será sancionado con prisión de 25 a 50 años; y que incurre en el delito de homicidio quien diere muerte a una persona, y que el responsable será castigado con prisión de 15 a 40 años.

En ese contexto, exigimos a las autoridades que investiguen el asesinato de Domingo Choc Che y que, en todo caso, se deduzcan las responsabilidades legales en contra de los autores intelectuales, cómplices y encubridores de este horrible crimen, a fin de que todo el peso de la justicia penal caiga sobre los responsables, tanto por acción como por omisión.

En todo caso, cabe traer a colación que las causas de los linchamientos son atribuidas a múltiples factores, entre los que destacan: 1) Limpieza social; 2) Fundamentalismos religiosos; 3) Falta de credibilidad en la justicia oficial; 4) Ausencia de acceso a la justicia; 5) Vacío, pasividad o impotencia de la autoridad estatal; y 6) Intolerancia y fortalecimiento de la cultura de muerte.

Indudablemente, preocupa sobremanera la cultura de muerte que se sigue afianzando en nuestra sociedad, sojuzgada por la desesperanza, el terror y el irrespeto a la vida humana y la integridad personal, en la que continúa prevaleciendo la violencia fratricida y despiadada que desprecia la dignidad humana y que sostiene que la única manera de sobrevivir es haciendo valer la ley de la selva y que, por consiguiente, no hay margen para la solución pacífica de los conflictos.

Con profunda amargura tenemos que reconocer que el linchamiento es una clara evidencia de que la paz en esta Tierra del Quetzal empieza nunca y que la justicia oficial y el orden legal siguen cediendo ante el derecho del más violento. ¿Será que de verdad somos un pueblo irredento?

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