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Opiniones de hoy

Normalidad cruel

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Su normal es mortal.

Los diccionarios y la historia nos permiten saber que la norma es una escuadra a la cual ajustarse para la convivencia. Lo normal es lo que se apega a lo establecido, y la normalidad, una cualidad, un estado, un referente social que varía entre diversas culturas y personas, y a lo largo del tiempo. Lo normal también es lo que se espera de alguien.

La normalidad, entendida como el apego a las reglas, es lo que el sistema manda, lo que se impone como modelo de ser, de conducirse, de estar en el mundo. Sobre sus múltiples interpretaciones y aplicaciones se ha hablado mucho en el campo de las ciencias sociales y la psicología. Gracias al pensamiento crítico, y al feminismo, hemos cuestionado la normalidad como un régimen cultural opresivo que atraviesa las relaciones económicas y sociales a todo nivel.

La normalidad, en Guatemala, es sinónimo de violencia, de racismo, despojo, corrupción, hambre. Eso no lo puede negar nadie porque salta a la vista, y así ha sido desde tiempos lejanos: los gobiernos, al menos desde 1954, han dejado de lado las problemáticas harto conocidas que afectan a las mayorías, y han continuado reproduciendo las normas que nos han regido para conformarnos como la sociedad injusta que somos. Aquí la normalidad la han impuesto los sectores poderosos, herederos de la colonia, creyentes y practicantes del racismo, la discriminación, y muchas otras formas de violencia psicológica, económica, sexual, espiritual, etcétera.

De su parte, quienes contravienen la normalidad finquera expoliadora, criolla, sectaria, anticomunista, patriarcal, han sido y son consideradas anomalías, seres diferentes, otr·s descartables, obstáculos eliminables. Si además, son indígenas o campesin·s, el abuso aumenta, y ya en el extremo, si son mujeres, tratadas y concebidas como objetos intercambiables.

Lo “normal” es que si no te querés vestir de princesa, si te gusta más el serrucho que las paletas de cocina, si no tenés novio, si andás sólo con chavas, si no has tenido bebés, si no te arreglás sexy, si sos gorda, si no te rasurás, si te rapás, si sos pilota o albañila, si no te quedás callada, si no vas a la iglesia, si fumás, si te independizás, entonces sos vista como rara, anormal, de cuidado o ‘pobrecita’. Y tratada como desviada. Y todo eso, por supuesto, con las consecuencias violentas que la salida de lo permitido conlleva.

Volver a la normalidad, como horizonte post pandemia, es asumir el orden que está llevándonos irremediablemente a la destrucción. Regresar a esa cotidianidad normada por el capital, que nos obliga a aceptar sin objetar lo que gobiernos incapaces imponen, sea correcto o de graves consecuencias; regresar a consumir y a aparentar, a dejar la vida en el tráfico, a ver el descaro de la corrupción y las injusticias mayúsculas en las que vivimos, es ceder y dejar en manos de tiranos estúpidos y voraces, la vida y el futuro de la humanidad.

Es tiempo de normar el bienestar y la armonía.

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