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Opiniones de hoy

El hambre, una estrategia de genocidio

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Escribo desde la rabia y la impotencia. Este sistema es tan perverso que el hecho de nunca pasar hambre es un privilegio que pocas personas tenemos en Guatemala. 

Sentir el hambre es más común que sentir la satisfacción de comer algo nutritivo. A pesar de ser un territorio con una práctica milenaria de agricultura, el régimen colonial se ha instalado de tal manera, que el hambre ha sido una estrategia de dominio. Este régimen está diseñado para que las pocas personas privilegiadas en esta sociedad, nos mantengamos en disputa en todo momento, y cuando ganamos, sigamos contentos aunque haya significado quitarle la tierra a la mamá, asesinar personas, despedir a quien nos contradiga, violentar permanentemente hasta lograr el saqueo.

Es importante resaltar que estas formas de relacionarnos son parte de nuestra construcción como sujetos políticos de este Estado. Es decir, nuestra subjetividad, conocimientos y prácticas de socialización conforman y mantienen este Estado-nación.

En referencia a la alimentación en 2018 se calcula que un 68 por ciento de niñas y niños padecieron desnutrición crónica. En 2015, el 43.31 por ciento de niñez y el 16.40 por ciento (2016) de mujeres en edad productiva tuvieron anemia y, el 26.20 por ciento (2015) de mujeres gestando en el área rural, también. Además, el 66.60 por ciento lactantes indígenas y 37.50 por ciento no indígenas fueron alimentados exclusivamente de leche materna.

Según la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi), para el 2014 el costo de alimentación, bienes y servicios fue de Q10, 218 mensuales por persona, sin embargo, el salario mínimo para 2019 fue Q2,992.37 (agrícola y no agrícola) y Q2,758.16 (exportadoras y maquilas). También, muestra que el 59.3 por ciento de la población vive en condiciones de empobrecimiento (6 de cada 10 personas) de éstas, el 79.2 por ciento son indígenas, cuatro de cada cinco personas indígenas. La pobreza extrema afecta a 23.4 por ciento de la población, la mayoría se encuentra en el área rural.

Para la generación de insumos materiales para la vida, es necesaria la tierra, el agua, la energía, y el aire, sin embargo, estos elementos son privatizados por corporaciones empresariales. Sembrar alimentos cada vez es más difícil, porque la tierra está ocupada para monocultivos. Esto quita la posibilidad de producir el sustento para miles de familias.

Las condiciones de precariedad son parte de este sistema de despojo. Las “banderas blancas” son un símbolo de que, en este momento, muchas mujeres han decidido gritar lo que han venido denunciando de múltiples maneras, no solo con banderas. Su denuncia ha sido el hambre en sus vidas: la escasez de alimentos, de agua, de seguridad, de tierra, de la posibilidad de generar ingresos dignamente. También lo han gritado los movimientos campesinos, sindicales, de mujeres, mujeres indígenas, de los pueblos originarios, LGTB, de la niñez. Las banderas blancas no son de ahora, se ha dicho desde hace 500 años.

Sin justicia no es posible erradicar el hambre; sin que se distribuya equitativamente las posibilidades de producir, no habrá cambio. Si no nos organizamos no habrá justicia.

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