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Opiniones de hoy

Jueves Santo

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“Nos agita y recuerda la fragilidad de la vida”

La cuarentena ha generado cambios dramáticos en la vida cotidiana, aunque en mi caso la dedicación a la escritura me ha exigido en los últimos años una mayor concentración en el retiro para completar proyectos literarios, lo que ha facilitado mi adaptación al aislamiento radical.   Una nueva novela quedó terminada, y se publicará una vez pasen los inconvenientes en el mundo debido a la pandemia del coronavirus, así como ya arranqué un nuevo proyecto. No salir a la calle no ha sido mayor problema, otros son los pesares. Pero la Semana Santa que nos estamos saltando sí me afecta emocionalmente, porque corresponde a los días que abría la puerta a la vida social con toda intensidad.

El Jueves Santo ha sido en mi familia el día estelar, porque es cuando la procesión del Nazareno de San Francisco el Grande sale del templo antigüeño enfrente de casa, y pasa de ida y vuelta, y retorna de noche, para encerrarse a esperar el próximo año, o dos esta vez.  Es la procesión de mis abuelos, la que contemplé asombrado en mi infancia: unas veces salía con la túnica blanca desgastada y sencilla, cargando una cruz simple de madera rústica, bajo la lluvia; y otras aparecía reluciente con túnica lujosa, bordada en oro y mariposas con piedras brillantes, en tarde soleada; pero siempre encontraba el mismo rostro lacerado, que en la calle no mira igual que dentro del templo, porque va mirando con esa expresión múltiple que cada quien capta según su propio estado de ánimo o necesidad.   A veces de regaño, otras de piedad, o de sufrimiento que humedece los ojos.   

En mis días de estudiante me perdí una Semana Santa, y la nostalgia me mantuvo inquieto en medio del desierto, pero no volvió a ocurrir, hasta ahora, que no es lo mismo porque no hubo, porque de haberse desbordado las calles como siempre el coronavirus nos hubiera masacrado.   

Este Jueves Santo será un día común y corriente en un mundo revuelto y confundido, porque nos agita y recuerda la fragilidad de la vida, porque hay males que no distinguen entre nacionalidades ni educación, porque la muerte está a la vuelta de la esquina, y no se puede predecir con certeza nada, porque los planes de unos y otros se modifican en un instante.   Asusta porque no estamos ante males instantáneos, como han sido los terremotos que golpean como accidentes y pasan, sino que se quedan haciendo daño, y que lo mismo podría desvanecerse de repente, tal y como llegó el virus, o prolongarse indefinidamente. La acción de un mal externo, que ataca por igual a toda la humanidad, suena a guerra de las estrellas, y debiera de unirnos, o nos separará más que nunca.

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