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Opiniones de hoy

Allí viene Jesús…

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“¡Niñas, niñas, allí viene Jesús!” Escucho estas palabras resonar en mi memoria desde que soy una niña y puedo cerrar los ojos y ver a Jesús aparecer por detrás de la columna, asomarse en la esquina de una vieja casa, elevarse esplendorosamente en la madrugada de cada Viernes Santo, sobre un millar de siluetas que lo esperan en el atrio de la Iglesia que es su hogar, iluminado por una tenue luz dorada que envuelve a todos sus seguidores desde que se levantan las andas hasta las 3 de la tarde. 

Jesús sale del templo caminando, meciéndose de un lado a otro sobre una ola de sentimientos que lo llevan en hombros, que lo ven desde la distancia, que lo sienten en el corazón. Jesús de La Merced ha cruzado miradas con cada uno de los que estamos allí: “Me ha visto a mí a los ojos, me ha sonreído a mí con su mirada, ha llorado mis lágrimas con sus ojos, me ha regalado un momento de intimidad dónde sólo estamos Él y yo”. Esto lo veo yo, lo siento yo, lo experimento yo. Lo ve también el cucurucho que espera su turno en la siguiente esquina, lo siente el niño que lo ve pasar por la calle, lo experimenta la abuela acompañada de su nieta, que ve caer sus propias lágrimas en la dulce mirada de Jesús de La Merced. 

El ruido de los bancos en la oscuridad, el crujir de las andas que se levantan… Se escucha el timbre sonar. Al característico repicar de las matracas, que encienden los corazones de los fieles, le sigue el caer de las rodillas que se escuchan descender. Aparece el redoblar de los tambores entre el humo perfumado del incienso, que anuncia lo que todos, esa madrugada, estamos esperando: “¡Allí viene Jesús!”. Y de repente, el ensordecedor silencio de cada Viernes Santo desaparece con las marchas fúnebres más dulces, que aquellos compositores de antaño, cuyas almas revolotean en la cúpula de la Iglesia, han escrito para Él.

“¡Allí viene Jesús!”, se escucha al amanecer, en cada esquina, en cada ventana, en cada azotea. Se suspende esa frase en el medio día de Viernes Santo, frente a la majestuosa catedral, desde la puerta de la tienda, al cruzar la columna al final de la calle, entre las flores violetas de las jacarandas que adornan el parque que Jesús encuentra en su camino. El sol proclama la llegada de las dos de la tarde y los cuatro leones que flanquean el anda, repiten incansablemente: “Aquí viene Jesús de La Merced!”

El susurro se acerca de nuevo al Templo… “¡Allí viene Jesús!”. Ya casi no se escucha, es apenas un susurro, un resoplo que se pierde en el bálsamo que sube de los incensarios, un murmullo que se apaga entre el traquetear de las lanzas que se enfilan frente al atrio. “¡Allí viene Jesús!”

Y de repente la protocolaria Granadera pesa ya en el corazón de los fieles que esperan ansiosos junto al altar la llegada de Jesús. “Allí viene Jesús…”.

Los sonidos de “Señor Pequé” acompañan a Jesús en sus últimos pasos. Se pasea Jesús entre los corazones que llenan la nave central de la Iglesia, se mueve en el vaivén del mar morado que inundó su caminar desde antes que despertara el sol. 

Acompañado de una profunda tristeza y de un incesante perdón, llega Jesús al altar. 

Son las 3 de la tarde. Jesús de La Merced reposa ya en el corazón de sus devotos, de los cucuruchos que lo acompañaron durante el día, de los niños que con anhelo se paran de puntillas para llegar al alto y poder llevarlo en hombros, de las mujeres que caminaron detrás de Él. Jesús permanece en el suspiro melancólico de Viernes Santo, que el próximo año volverá a soplar con el viento: “¡Allí viene Jesús!”

Es viernes. El dulce rostro de Jesús de La Merced está esperando en su camerino. Y de repente se escucha a la abuela decirle a la niña que lleva tomada de la mano, “¡Allí está Jesús!”

Este año, Jesús no caminará por las calles de la ciudad que tanto quiere, no se encontrará en cada esquina con un centenar de túnicas moradas que ansiosas lo esperan, no lo precederá el murmullo que se mueve entre la gente y anuncia que “¡Allí viene Jesús!”.  Pero ese susurro saldrá de los patios de las casas, de un cuento que se esconde en el jardín trasero y de una oración que la familia eleva en el salón de la casa. Aparecerá en las tertulias que los viejos amigos sostienen bajo la sombra de la jacaranda, en ese relato que se hila entre las agujas de tejer de la abuela a la orilla de un balcón, o desde el seno de un grupo de niños, quienes, sentados alrededor de una pequeña grada, escuchan a su padre contar aquella historia que Jesús de La Merced le dejó grabada en el corazón. 

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