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Opiniones de hoy

Diálogo y negociación

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Debe deponerse el endurecimiento de actitudes.

Nuestra sociedad ha estado marcada por la intolerancia, la imposición, el irrespeto a las ideas o creencias de los demás, sobre todo cuando estas son diferentes o contrarias a las propias; y, en general, por la ausencia de diálogo y negociación. Sin duda, estas prácticas antidemocráticas siempre han abonado el terreno de la confrontación, la conflictividad, el aislamiento y la violencia.

En estos momentos de emergencia, debido a la amenaza que supone la pandemia del coronavirus, es una oportunidad para deponer el insoportable  endurecimiento de actitudes que ha imperado a lo largo de nuestra historia, así como para dar paso a una etapa de pensamiento crítico, comunicación, colaboración y creatividad, que Yuval Noah Harari considera las principales habilidades de uso general para la vida.

Nuestra democracia institucional enfrenta un desafío monumental (que, sin temor a equivocarme, está siendo aprovechado por sus irredentos enemigos y detractores para socavarla), ya que le impone a sus representantes la enorme responsabilidad de hacer frente a la emergencia, así como a los daños colaterales consiguientes, que ya se están manifestando en la sociedad y en la economía.

Por tanto, es fundamental que se habiliten e institucionalicen espacios para el diálogo abierto, incluyente, franco, constructivo e integral, que redunde en compromisos serios y responsables, susceptibles de ser cumplidos, utilizando al efecto los medios legales que corresponda.

El autogobierno, que se traduce en el gobierno del pueblo, con el pueblo, por el pueblo y para el pueblo, como señalaba Abraham Lincoln, es un elemento esencial de la democracia institucional. Si bien en el marco del autogobierno el pueblo no gobierna directamente, sino que lo hace a través de sus legítimos representantes, esto no significa que estos manejen la cosa pública a espaldas de la población o sin tomar en cuenta sus inquietudes, aspiraciones e intereses.

Lamentablemente, los partidos políticos no son intermediarios eficaces entre la población y el poder público, extremo que impide que, a través de la acción política, se escuche a la gente, se atiendan sus necesidades y se desactiven focos de tensión social. De hecho, los políticos han renunciado a operar como catalizadores que favorezcan las interrelaciones, la comunicación, el diálogo y la cooperación inteligente, en función de dar respuesta a las demandas y reclamos. Por el contrario, la codicia, la ambición y el lucro se han apoderado de la clase política, en menoscabo, por supuesto, de los servicios públicos y de la realización del bien común.

La consecuencia negativa de la deserción infame de la partidocracia es que los grupos de presión acuden directamente al gobierno central, así como a los gobiernos locales, a demandar la satisfacción de sus necesidades, lo que obliga a estos a atenderlos, escucharlos y dar respuesta a sus exigencias y requerimientos. De suerte que no existen instancias previas a través de las cuales se puede ir resolviendo la problemática, sino que el gobierno se convierte en la única instancia, con toda la cauda de desgaste y costo político.

Para colmo de males, la justicia oficial no goza de confianza y fiabilidad, al punto que la población, en lugar de recurrir a las autoridades judiciales para dirimir sus disputas, ha venido optando, en muchos casos, por resolverlas a través de las vías de hecho o, en su caso, haciendo justicia por propia mano, para asegurarse que las transgresiones o delitos no queden sin castigo.

De suerte que son tiempos para que los distintos sectores, elites y grupos de presión se pongan de acuerdo, y no para que adopten actitudes intransigentes e irreductibles, a fin de que de manera coordinada afronten la actual crisis de salud con talento, sacrificio, humildad, desprendimiento, generosidad, tolerancia, cordura y vocación de servicio. En todo caso, no es una coyuntura propicia para el personalismo, la intransigencia política o ideológica, la lucha y la reivindicación ni menos para el odio y la codicia.

 

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