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Opiniones de hoy

LA CANTINA: Sutil y solapada

opinion

La igualdad de género tiene agenda pendiente en espacios donde aún no se rompe el silencio.

Mi tía conducía. En el asiento del copiloto mi mamá la escuchaba. Atrás viajábamos las hijas. Solo niñas. Lo recuerdo como si hubiera sucedido ayer, incluso la calle que transitábamos. Habré tenido entre 12 y 14 años. 

Cada palabra que soltaba mi tía era un grito de guerra, toda ella una llamarada de indignación. Callada, mamá procesaba el momento de derrota y, conociéndola, fraguaba plan B. La sombría conversación giraba en torno a una notificación.  

Sus hijas estaban entusiasmadas con cierto deporte. Ante este interés, mi mamá solicitó ingreso en un club deportivo donde enseñaban buenos entrenadores. Para formar parte de estos clubes se compran acciones que te acreditan como socio. Hizo su solicitud con la formalidad y el procedimiento que dictaba la institución.

La notificación fue un rotundo rechazo. No fue aceptada como socia por ser mujer soltera. Era viuda. Joven, soltera, madre de cuatro niñas. La Junta Directiva del club no la admitió porque una mujer sola no cumplía con ciertas condiciones. Al día de hoy ignoro a qué condiciones se referían. En voz baja se mencionaba otra causa que no podía ventilarse. La razón no oficial, oculta bajo una solapa de doble moral, era que una soltera joven es un riesgo para un club en el que la familia es el fundamento de la convivencia. Por favor.  

Para una adolescente cuya familia está integrada solo por mujeres, tan válida y sólida como las tradicionales papá-mamá-hijos del dichoso club, semejante rechazo es inaceptable. Desde ese mismo momento, me pareció discriminación de género de cabo a rabo. Una injusticia extrema. Una afrenta hacia mi mamá y hacia todas y cada una de las mujeres solteras. Una crueldad merecedora de todos los gritos de guerra.

La vida fue enseñándonos que un machismo sutil, silencioso pero perverso, prevalece en un sinfín de ambientes. Aprendimos también que echa raíces en muchas mujeres. La soltera supone una amenaza. Algunas señoras emparejadas, desde un pedestal moral que existe únicamente en su imaginación, la marginan para proteger a sus familias. No se enteran de que su conducta prejuiciosa, la falta de empatía hacia sus congéneres solteras, es ejemplo de mezquindad primitiva. El mensaje es terrible, las responsabilizan al cien por cien de cualquier tropiezo de sus parejas. Machismo en todo su esplendor.

En este mes en el que conmemoramos la lucha de la mujer, vuelven a mis remolinos mentales distintas versiones de discriminación de género. Desigualdad laboral y por ende económica, inequidad educativa, acoso y violencia, son las más evidentes. Pero existe la desigualdad social, las etiquetas impuestas a la mujer soltera pasada cierta edad, una de la que se habla poco y que tanto daño causa a los hijos, a la sociedad y al colectivo femenino. Guatemala está poblada por miles de madres guerreras, divorciadas, viudas o simplemente solteras que sacan adelante a su familia trabajando de sol a sol, muchas en condiciones adversas. ¿Cómo se atreven a marginarlas?

Por otro lado, preguntaban una y otra vez si mi mamá había “rehecho su vida”, pregunta tan absurda. Ser soltera, por las causas o decisiones que sean, no significa que una vida esté deshecha. A mi mamá se le murió el esposo demasiado pronto. De un día para otro se vio en la necesidad de buscar trabajo, otra jungla en su condición. Tuvo que hacer cambios para resolver, no fue fácil. Su ánimo estuvo deshecho, sí, pero su vida jamás. La valía de una mujer no depende de su estatus marital. No es su pareja quien le otorga calidad de ser humano pleno. 

Reconocer los derechos y la dignidad de la mujer es tarea de todos. Empieza en nuestro interior, en el entendimiento personal, en un espíritu solidario que lamentablemente no abunda, a pesar de los avances en tema de género. Si no es así, aunque se lancen gritos de guerra, aunque algunos ardamos de indignación, no ocupará en la consciencia colectiva el tan necesario sitio que merece.

 

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