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Opiniones de hoy

Nadie gana ni pierde para siempre

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Si queremos abordar las causas profundas del malestar democrático actual, debemos comenzar considerando honestamente las formas en que el poder se ha escapado de las manos de las personas, y pensar con claridad sobre las formas como podemos hacer que la gente vuelva a confiar en que nadie gana ni pierde para siempre.

Quizás la ventaja más obvia de la democracia, política o económica es que ningún triunfo y ninguna derrota son para siempre. El triunfador no tiene asegurada su victoria y el perdedor siempre puede esperar ganar en el futuro. En cualquiera de sus formas, la democracia permite mantener el necesario proceso pacífico de cambio en las sociedades.

Parece que el siglo XXI será un siglo de rápidos cambios, suscitados por las nuevas tecnologías. Sin duda los dos siglos pasados fueron extraordinarios en cuanto a la velocidad y a la profundidad de los cambios sufridos. Por ejemplo: hasta 1830 ningún ser humano había logrado moverse a velocidades superiores a los 35 kilómetros por hora. El primer ferrocarril se inauguró el 15 de abril de 1830, uniendo las ciudades de Liverpool y Manchester, a la velocidad de unos 16 kilómetros por hora. El 17 de diciembre de 1903, en Kitty Hawk, los hermanos Wright se convirtieron en los primeros hombres que realizaron un vuelo en un avión controlado, no obstante, algunos afirman que ese honor le corresponde a Alberto Santos-Dumont, que realizó su vuelo el 13 de septiembre de 1906. Su avión, más pesado que el aire, impulsado con un motor, hizo el 14-bis el primer vuelo certificado en Europa por el Aéro-Club de France y la Federación Aérea Internacional.

Setenta años después, a partir de 1976 y hasta el 2003, el avión franco-británico Concorde realizaba regularmente vuelos comerciales a una velocidad máxima de 2 mil 179 kilómetros por hora. Es evidente que la velocidad lograda por el transporte ha achicado el planeta. Ahora todo está más cerca de todo.

Hoy los hombres habitamos lo que Marshall McLuhan llamó “la villa global”. Todos somos vecinos cercanos de todos los otros hombres y para muchos esta cercanía puede ser atemorizante. Nuestro suelo se ha hecho más fluido, y hasta los propios cimientos de nuestras construcciones sociales, políticas y económicas parecen menos firmes. Los valores más apreciados se deprecian con rapidez y se nos dice que debemos aprender a vivir en un mundo cada vez más inestable y cambiante. Ya lo estamos haciendo en un mundo que nos exige la tolerancia y el respeto a los otros, por diferentes que sean, si es que de verdad deseamos la paz.

Sin embargo, los violentos movimientos reales y cognitivos que afectan nuestros principios vitales generan en muchas personas un verdadero pánico y con el mismo reacciones defensivas que en muchos casos son verdaderamente irracionales e intolerantes. Se pueden observar hoy movimientos colectivos parecidos a los milenarismos vividos hace mil años. En diversos países surgen líderes carismáticos que arrastran a las multitudes hacia lo que podrían ser verdaderos cataclismos sociales. En tales circunstancias aparecen dirigentes mesiánicos que convencen a sus seguidores de que se acerca la batalla última entre el Bien y el Mal absolutos, y que es necesario y urgente tomar partido y empuñar las armas para la lucha final, en un ambiente en el que las reglas democráticas son el verdadero obstáculo. Lo que lleva a los individuos de una democracia a los extremos no es el temor de perder una simple elección, sino el terror de muchos de perder para siempre sus privilegios. En un estudio de 2014, los politólogos Martin Gilen y Benjamin Page concluyeron que, en los Estados Unidos, la llamada tierra de la democracia y la libertad, existe un creciente déficit democrático.

Si queremos abordar las causas profundas del malestar democrático actual, debemos comenzar considerando honestamente las formas en que el poder se ha escapado de las manos de las personas, y pensar con claridad sobre las formas como podemos hacer que la gente vuelva a confiar en que nadie gana ni pierde para siempre.

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