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Opiniones de hoy

La Nochebuena en la nueva Guatemala de los cincuenta y sesenta del siglo pasado (II parte y final)

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El 24 ya estábamos en la víspera de la Nochebuena, que era lo que en realidad celebrábamos, más que el propio día de Navidad.

Mis padres, Juan Guillermo y Olga Marina, se casaron en la Iglesia del Hospicio Nacional, el 26 de octubre de 1952. Para entonces ya habían comprado el terreno en la antigua finca “Las Margaritas”, de Don Arturo Toledo, quien fuera compañero de escuela de mi abuela antigüeña, Doña María del Socorro Velásquez Collado. Por ello, mis padres se interesaron en comprar su lote en la lotificación de la llamada, desde entonces, Colonia Toledo, zona 7 capitalina, que reflejaba bien el crecimiento de la mancha urbana de la Nueva Guatemala de la Asunción. Hasta donde recuerdo, mis padres, gracias a su trabajo, consiguieron construir “La Casona de las casuarinas” y lo fueron haciendo a lo largo de varios años hasta que llegó noviembre de 1961, cuando nos trasladamos a la nueva casa, ubicada en las cercanías del kilómetro once sobre la carretera Roosevelt. Para entonces, dicha vía principal de salida y acceso a la ciudad, era una cinta asfáltica de dos carriles.

El cerco de la casa fue hecho con casuarinas que delineaban su contorno y algunos pinos e izotales; de allí su nombre. Cuando llegaban las fiestas de fin de año, los pocos vecinos que habitábamos la Colonia fuimos organizando las posadas que comenzaban su peregrinar en las diversas casas recién construidas y empezamos a socializar las costumbres chapinas. Los vecinos de entonces, fuimos viendo crecer frente a nuestros ojos la construcción de la Colonia Jardines de Utatlán I; impulsada por una firma empresarial innovadora como lo fuera Viviendas, S. A. en contubernio con el Banco Inmobiliario, el de Don Hilario.

Al inicio, solo existía una posada que era la que salía de la Casa de Don Moncho Quex y que hasta el día de hoy continúa su largo peregrinar de más de cincuenta años. La otra posada la organizó posteriormente Doña Elvia Herrera de Rodríguez, de gratísima recordación en nuestra cuadra, ella y su familia ya habitantes de la Colonia Jardines de Utatlán I. Ellos eran de origen huehueteco y tenían unas imágenes de los Santos (José y María) que eran hermosísimas. Era la década de los sesenta y nosotros empezábamos la tardía infancia e inicio de la adolescencia. Los asistentes de nuestra posada provenían de todas las capas sociales y de ingresos del barrio, desde los más encopetados del mismo hasta los pobres habitantes de la ladrillera, pasando por la mayoría de clase medieros, ladrillera que quedaba al final de la 32 avenida y segunda calle de la zona 7, hoy flamante Doroteo Guamuch Flores, llamada antaño antigua calle a Mixco. Mi madre nos estimulaba y nos compraba los materiales para elaborar los faroles, para que pusiéramos en práctica lo aprendido en la clase de artes plásticas e industriales, empleando desde serruchos, madera, martillos y clavos hasta papel celofán de distintos colores. Íbamos hasta el Mercado “San José” en la Quinta Samayoa a comprar las candelas para los faroles, los aserrines, los brines y demás artefactos artesanales que sirvieran para arreglar el anda de la posada. Usábamos engrudo.

Naturalmente, adquiríamos también los pitos de agua, los chinchines, varias tortugas y sus respectivas baquetas para tocarlas. Del 15 al 23 de diciembre eran los nueve días de nuestra posada. En una oportunidad, cuando el esposo de Doña Elvia, el Coronel Víctor Rodríguez, que fuera jefe de la policía nacional del Coronel Peralta Azurdia, dispuso que la posada fuera acompañada por la banda de la policía nacional, fue todo un suceso en la colonia, la noche en la que nos acompañó. El 24 ya estábamos en la víspera de la Nochebuena, que era lo que en realidad celebrábamos, más que el propio día de Navidad. Para entonces, ya éramos expertos quemadores de cohetes y “vicios” para tirar canchinflines y silbadores. Todavía no llegaban los saltapericos, pero el bricho ya nos había invadido. Era una alegría simple que todavía habita en el rescoldo del corazón. Más aún hoy, que la mayoría de ellos ya no están físicamente con nosotros. Viven en nuestras remembranzas.

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