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Opiniones de hoy

LA CANTINA: La actual crisis

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A 75 años de la Revolución de octubre del 44…

Guatemala está hundida en una calamidad sin precedentes. En un oscurantismo que la condena. ¿Adónde nos llevan si no existe certeza jurídica? ¿Cuántos empleos se dejarán de generar, ya que no podemos garantizar confianza para los inversores? ¿A cuántos compatriotas condenamos a emigrar en busca de mejores oportunidades? ¿A cuántos guatemaltecos se sentencia al exilio forzado debido a la violencia?

Guatemala no es pobre. Ha sido desfalcada por gobiernos inoperantes y corruptos. Es una nave que boga con las velas destrozadas; deriva sin brújula y sin timón. Somos un país que sigue arrodillado ante los monopolios y postrado frente a los intereses que expolian esta nación milenaria.

La exclusión y la desigualdad estancan el desarrollo de este país. Las cifras son alarmantes, por no decir catastróficas. El censo del Mineduc determinó que 141 mil 337 menores están fuera del sistema educativo. La pobreza ha aumentado a 59.3 por ciento. Lo más alarmante es que, de ellos, 3.7 millones están condenados a vivir en la miseria. Prácticamente dos de cada tres habitantes viven en pobreza y un cuarto de la población sufre los embates de la pobreza extrema. La desnutrición infantil es un flagelo sin precedentes; una tragedia de lesa humanidad. Nos preciamos de ser una nación cristiana, pero somos espectadores de cómo mujeres, niños y ancianos, desposeídos de las necesidades más básicas, mueren a diario de desnutrición.

Estos trágicos hechos son la consecuencia de una historia truncada en 1954. Para quienes se han empeñado en mantener a Guatemala en un pasado de oscuridad, explotación y violencia, los cambios que Jacobo Árbenz se proponía poner en práctica les resultaban ayer, y aún al día de hoy, repugnantes. Pero los logros de esta Revolución de Octubre se mantienen vigentes. Gracias a los cambios iniciados por quienes introdujeron a Guatemala por el camino de la democracia y la justicia social, se progresó en áreas como salud, educación y tierra. Por primera vez en la historia guatemalteca se tuvo conciencia de que la soberanía se fundamenta en el pueblo, y no en asonadas golpistas y regímenes autoritarios.

Jacobo Árbenz, como parte del triunvirato del 44, inició la lucha por la dignidad y la soberanía de su pueblo. Los triunviros libraron a Guatemala de la satrapía de Ubico y de su falderillo Ponce Vaides. El levantamiento del 20 de octubre de 1944 no fue una asonada militar más. Fue un movimiento cívico-militar, que tuvo como objetivo depositar la soberanía en manos del pueblo. Los triunviros no se perpetuaron en el poder. Lejos de eso, dotaron al país de una constitución moderna, que hacía descansar la soberanía en el pueblo y que consolidaba el respeto de los derechos humanos para todos los habitantes de la Patria.

Fieles a ese cometido, organizaron elecciones en menos de dos meses, después de haber terminado con la dictadura. Lejos de perpetuarse, entregaron el poder al primer presidente electo, en las que los historiadores consideran, como las primeras elecciones transparentes en la vida republicana de Guatemala.

Por ello es absurdo que quienes están acostumbrados a tergiversar la verdad, a un entreguismo vergonzante y a quebrantos consuetudinarios del Estado de Derecho, pretendan que la Revolución del 20 de octubre de 1944 fuese un golpe de Estado. Rescatar la primacía del Derecho y poner la soberanía en manos del pueblo, jamás será una asonada.

 

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