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Opiniones de hoy

Doña Beatriz

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Partió una extraordinaria mujer.

Han pasado muchos años. Eran vacaciones en la década de los setenta y había que ver en qué ocuparse. Un trabajo no caía nada mal para agenciarse de unos dineritos. Con su intervención, surgió la posibilidad de ayudar a preparar las canastas navideñas en la Nestlé. Entretenida tarea para un grupo de adolescentes, poco acostumbrados a manejar uvas, manzanas, varias clases de chocolates y otros productos. Sobresalían las tentadoras “Animal Bars”. Nos concentraban en el área de bodega y casi no íbamos a las oficinas, pero, cuando lo hacíamos, era interesante ver lo que pasaba ahí. El área más cercana era el departamento de Contabilidad, en donde se encontraba un nutrido grupo de colaboradores, escondidos entre cuentas y montañas de papeles.

En medio de aquella colmena, sobresalía un cubículo con ventanales de vidrio. Desde ahí, la abeja reina, una elegante y recia mujer, mantenía todo bajo control. Era el territorio de Doña Beatriz, una de las figuras de más confianza y autoridad dentro de la organización. Todos la veían con respeto y atención. Su eficiencia, capacidad, responsabilidad e integridad le habían llevado a esta posición. Confieso que sentía un orgullo presuntuoso cuando me presentaba con los otros vacacionistas y les decía que era sobrino de Beatriz Godoy de Toledo. Mientras tanto, ella ponía cada cosa en su sitio y guardaba una distancia prudente para que no se pensara que había ningún tipo de favoritismo por la relación.

Beatriz era la primogénita de seis hermanos. Le llevaba casi doce años a mi mamá, quien era la menor. Esa diferencia de edad y su actitud siempre protectora hacía que mi madre la considerara su segunda mamá. Sus hijos, Julio Augusto, Luis Pedro y Rita eran muy apegados a mis papás. Siendo aún muy joven, mi mamá sufrió una mala práctica médica, por lo que enfrentó desde entonces hasta su fallecimiento muchos achaques. Atravesamos por un momento familiar particularmente difícil cuando mi papá también enfermó. Sin embargo, nunca estuvimos solos: las hermanas de mi madre cerraron filas alrededor nuestro. Recuerdo especialmente la discreta presencia de Beatriz, siempre viendo cómo ayudaba a su hermanita María Dolores y a los “Cachitos”, sus cinco retoños.

En esa época, nos sentimos amparados por ella de las más diversas formas. Beatriz y su primogénito, Julio Augusto, velaron porque no nos faltara una buena educación. Por ello, su impacto está presente en cada uno de nuestros logros. Visto en retrospectiva, esa era su actitud hacia todos mis tíos y primos: una fuente inagotable de apoyo. Dado que los abuelos maternos vivieron sus últimos años con ella y su esposo Augusto, su hogar era el punto de encuentro. Siempre nos sentimos bienvenidos. Cada fin de semana era una romería a Santa Elisa, en donde nos recibían con una sonrisa y un espumante vaso de leche con Milo. Podía dar la impresión de ser una persona muy seria, pero esa percepción se desvanecía al sentir el brillo de sus ojos y sus abrazos apretados. Fue una mujer religiosa, trabajadora, aguda y de principios sólidos. Siempre estaba dispuesta a servir a los demás sin aspavientos.

Era el epicentro de su familia, aunque no alardeara de su rol. Fue la más longeva de todos. Vio partir a sus cinco hermanos, a todos sus cuñados y a uno de sus hijos. Las últimas décadas de su vida se vieron marcadas por las secuelas de un ingrato asalto, que le hizo enfrentar enormes retos, los cuales superó con la fuerza que la caracterizaba. Con su partida se cierra un capítulo más de la familia Godoy Cofiño. Al despedirla, agradecí la gran fortuna de haberla tenido en nuestras vidas. Un fuerte abrazo a Rita, a Bárbara y Julio Augusto, a Ana Cristina y al resto de los Toledo Godoy. En nuestros corazones siempre habrá un recuerdo cariñoso de la mujer que jamás dejó de extender sus manos generosas cuando más las necesitamos. Descanse en paz, Doña Beatriz Godoy Cofiño de Toledo.

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