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Opiniones de hoy

En la Plaza Roja de Moscú

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Escenario de eventos de relieve mundial.

Emocionado, estoy en la Plaza Roja de Moscú. A la derecha, mi familia y yo tenemos el Kremlin, y, al frente, la colorida y sin igual Catedral de la Iglesia Ortodoxa Rusa de la Intercesión de la Santísima Virgen en el Montículo, más conocida como de San Basilio, porque allí se encuentra la tumba del Santo, sobre la cual se construyó un altar, siguiendo una tradición que se remonta a las catacumbas, en las que se realizaban los altares sobre los sepulcros de los mártires, donde se celebraba la Eucaristía.

La Catedral fue llamada Roja, que en ruso antiguo quiere decir Linda, que es un nombre que históricamente se extendió luego a toda la Plaza, que es rectangular, empedrada, de 23 mil 100 metros cuadrados de extensión.

La Catedral de San Basilio, construida entre 1555 y 1561, por el arquitecto Póstnik Yákovlev, tiene una arquitectura propia, inspirada en la bizantina, con cúpulas de colores vivos en forma de cebolla. Tanto la Plaza Roja, como el Kremlin, fueron declarados en 1990 por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, y de verdad, que lo son: estando aquí siento una emoción estética e histórica muy grandes.

Según la leyenda, impresionado por la hermosura del templo, el Zar Iván el Terrible le mandó sacar los ojos al arquitecto que diseñó la Catedral, para que este no hiciera nada semejante o mejor en otro lugar, la cual algunos historiadores le restan veracidad, quedando la historia como una leyenda popular, muy generalizada hasta el día de hoy.

En 1812, hasta la Plaza Roja y el Kremlin, llegaron las tropas invasoras de Napoleón Bonaparte en lo que fue un gana-pierde para Francia, y una hazaña heroica del pueblo ruso, recordada en la novela La Guerra y la Paz de León Tolstói y en la Obertura 1812 de Tchaikovsky, dos piezas de renombre universal.

Mientras estoy en la Plaza Roja, recuerdo los videos en los que aquí, desde un graderío, la Nomenklatura veía los desfiles militares; contemplaba el paso de los tanques y de la tropa en un mensaje mundial en el que el país mostraba sus garras. La Unión Soviética también pelaba los dientes enseñando al mundo sus cohetes de balística internacional, capaces de portar ojivas nucleares. Arriba, en los cielos, volaban los aviones de combate, en tanto que en tierra tenía lugar la fanfarria a la que los militares son tan adictos. Era toda una subida a escena muy efectivista del poderío militar soviético. El mensaje era claro: podemos atacar o defendernos, sin importar que se desate el holocausto nuclear. ¡Con razón, la Humanidad temblaba!

La ocasión en la que la guerra nuclear estuvo más próxima a estallar fue durante la llamada Crisis de los misiles en 1962, cuando el presidente de la Unión Soviética, Nikita Kruschev, empezó a montar cohetes de alcance medio en Cuba, a 90 millas de territorio norteamericano. Considerando que ello era inaceptable, el presidente John Kennedy inició un bloqueo naval para que los barcos soviéticos no llevaran a Cuba lo que faltaba para concluir el proyecto, un bloqueo que Kruschev dijo que no aceptaba, mientras los barcos soviéticos seguían su ruta. El mundo entero estaba pendiente de la Oficina Oval de la Casa Blanca y del Kremlin, que tengo a la derecha.

La crisis se resolvió: los cohetes no se montaron en Cuba, Estados Unidos desmontó aquellos que tenía estacionados en Turquía, y el mundo pudo dormir esa noche en paz.

Furioso, Fidel Castro organizó un desfile de protesta, en el que los participantes coreaban: Nikita, mariquita, lo que se da no se quita. Castro consideraba que esos cohetes eran la mejor garantía de que Estados Unidos no patrocinara una nueva invasión como la de Bahía de Cochinos, cuyos actores, en parte, fueron entrenados en la finca Helvetia, en Retalhuleu, con el beneplácito y apoyo del gobierno guatemalteco.

A esto último atribuyo el rechazo de Fidel Castro de recibir la Orden del Quetzal, máxima condecoración de un país que consideraba que agredió al suyo para deponerlo, la cual lambisconamente le llevaron a la Isla el presidente Álvaro Colom y su entonces esposa Sandra Torres, hoy candidata presidencial, en lo que fue un sonado fiasco diplomático.

En 1991, la Plaza Roja fue el escenario de los tanques que salieron a deponer al presidente soviético Mijaíl Gorbachov. La población protestó contra ese golpe militar. Cerca de la Plaza Roja, frente al edificio llamado la Casa Blanca, en las riberas del río Moscova, subido en un tanque, Boris Yeltsin dirigió un famoso discurso de demanda del cese del golpe. ¡Gorbachov regresó al poder!

Meses después, por el grave deterioro de las finanzas y de la economía, de las repercusiones del desastre nuclear de Chernóbil, y de las medidas reformistas de Gorbachov, que introducían espacios de libertad y transparencia, la Unión Soviética como tal fue insostenible, y terminó por disolverse, y así también llegó a su final la Guerra Fría. En sustitución de la Unión Soviética se creó la actual Federación de Rusia, con una configuración de Estados un poco diferente a la Soviética.

Contiguo a la muralla del Kremlin, por el lado fuera, sobre la Plaza Roja, se encuentra el cuerpo momificado de Lenin, que puede ser visto por el público mediante un pago, el cual es símbolo de que Lenin está muerto, de que la Unión Soviética está muerta y de que el comunismo está muerto. ¡Muertos y momificados!

Dentro de las paradojas del lugar, observo cómo, frente al mausoleo de Lenin, en un hermoso y lujoso edificio de tres niveles, de arquitectura ecléctica, entre victoriana y medieval rusa, de 242 metros de largo en su fachada, se encuentra el centro comercial, que tras la caída de la Unión Soviética fue privatizado, que es el lugar más caro y sofisticado de Moscú, donde, sobre todo, están de venta todos los productos de marca del mundo capitalista. (Continuará…)

gasturiasm@gmail.com

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