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Opiniones de hoy

Enfoque: Aprender a ver bien a los migrantes…

opinion

Son valientes guatemaltecos que luchan por vivir mejor, pero además ayudan fuertemente a sostener nuestra economía.

 

Pablo Diego es un campesino indígena que además de sembrar maíz en sus cuerdas de terreno en Quiché, vive la mayor parte del año en la capital lustrando zapatos en la Plaza Barrios. Creo que al menos tres de sus hijos han emigrado hacia Estados Unidos en busca de una mejora socioeconómica que en nuestro país se les niega, como a cientos de miles de guatemaltecos en edad productiva.

Algunos de ellos han viajado con sus hijos y otros los han hecho llegar luego, porque tienen un fuerte arraigo familiar. Allá se han asentado y desde hace más de una década trabajan y son parte importante en la economía de aquel país, pues hacen el trabajo que pocos estadounidenses están dispuestos a realizar, concretamente en el área de la construcción.

¿Por qué se han ido los miembros de esta familia Diego (es apellido)? Muy sencillo, ellos siguieron inicialmente los pasos de su padre y venían a lustrar a la ciudad capital. Finalmente se dieron cuenta que no tendrían otro futuro que el de seguir lustrando de generación en generación, por lo que decidieron correr todos los riesgos que
inmigrar implica.

Por supuesto que alguien podría calificarlos de irresponsables por viajar o hacer llevar a sus hijos menores, pero si nos ponemos en sus pies –o mejor dicho en su mente y su corazón–, entenderemos que no existía para ellos una mejor opción, como el tiempo lo ha demostrado.

Seguramente se necesita de gran valor para tomar una decisión de esa naturaleza. Yo sé que la mayoría de quienes deciden emigrar a Estados Unidos saben de los riesgos que deben enfrentar. Saben que ellos, sus parejas y sus hijos, corren el peligro de ser violados, asesinados, cuando no morir en el intento de cruzar el desierto perseguidos por los cada vez más crueles guardias de migración del país de las oportunidades. Si no, basta leer sobre el último caso de la madre que murió con varios niños recientemente, precisamente en el desierto de Arizona.

El presidente Donald Trump se ha encargado de crear una imagen distorsionada de los migrantes centroamericanos y mexicanos, principalmente. Los califica en sus intervenciones de ser delincuentes, personas violentas y una especie de chupasangre, en la economía estadounidense, como si su trabajo no fuera digno y honrado.

Que lo diga una persona como Trump es penoso –por el cargo–, pero se entiende por su xenofobia y su absoluta falta de sensibilidad social y cerrada visión, producto de creer –como lo hacía Hitler– en la superioridad racial de los estadounidenses, por cierto uno de los pueblos que más se ha enriquecido por la mezcla racial, producto de distintas corrientes de migraciones que ese país ha tenido a lo largo de la historia.

Lo que me cuesta entender, es cómo aquí hay cada vez más personas que hablan despectivamente de los migrantes –esos héroes que casi mantienen nuestra economía– y se refieren a ellos como seres irresponsables, que ingresan ilegalmente a otro país y para colmo arriesgan a sus hijos en un recorrido que llega a ser una auténtica odisea para casi todos los que se atreven a soñar con un mundo mejor y enfrentan hasta el riesgo de perder su vida o la de un ser amado.

Que Trump y su administración insistan en perseguirlos y hostigarlos no extraña, pero que nuestro propio Gobierno, encabezado por Jimmy Morales, se vuelva un sabueso obediente de Washington para reprimirlos y perseguirlos, es algo inadmisible y que nos debería llenar de vergüenza a todos los guatemaltecos.

Ahora se habla de la emigración –por más que tenga connotación de ilegalidad al ingresar sin papeles a otro país– como si se tratara de trata de personas. Nada que ver. Migrar de un país a otro es un derecho de todo ser humano, sobre todo, cuando se huye de la violencia, de la pobreza y la falta de oportunidades.

La trata de personas es un crimen que se comete con el fin de explotación sexual o de esclavitud laboral, no es el caso de los migrantes guatemaltecos.

Al legislar para perseguir a los coyotes como si se dedicaran a trata de personas, es una forma de intimidar a estos personajes que, lamentablemente, ahora suben su cuota por el traslado, debido al mayor riesgo que corren en caso de ser atrapados.

Para terminar solo quisiera hacer una comparación que es fácil y evidente. El año pasado los guatemaltecos que viven en Estados Unidos –legales o ilegales–, enviaron más de US$9 mil millones en remesas. Esa cantidad es más grande que la que trajeron en divisas los exportadores de café, azúcar, banano y cardamomo JUNTOS. Cuando el precio del café cae, el Gobierno corre a ayudarlos. Cuando Trump persigue a los migrantes, el gobierno de Jimmy corre también… pero a perseguirlos. Veamos bien a estos héroes de nuestra sociedad y comprendamos mejor las razones que los llevan a correr riesgos para ellos y sus familias.

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