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Opiniones de hoy

Mis magos favoritos (Beckett, Hemingway…) VIII

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“La libertad de expresión es decir lo que alguna gente no quiere oír”. G. Orwell

 

“Así es”, repuso un hombre alto, flaco con nariz aguileña y ojos de garza que bajaba las gradas. Era Samuel Beckett, otro políglota, veinte años menor que Joyce. Y agregó: “No obstante, el absurdo de la literatura me dio un sentido a esta vida absurda”. Echo’s bones me dejó hecho polvo blanco al leer sus poemas”, repuse. “Tanta deconstrucción del lenguaje y cuánto alcohol compartimos con James”, prosiguió. Y fue a abrazar a Joyce, diciéndole que no quiso recibir el Nobel, pero al fin lo recibió sin ganas pues era un absurdo recibirlo, como le pasó a Sartre, quien al final no lo aceptó. Beckett se burló del rugido de los leones que se oyen en el cementerio de Fluntern muy, cerca del zoo de Zúrich, donde Joyce está enterrado. “Y es peor en las noches”, este repuso. Beckett soltó: “Por eso prefiero el mío, en Montparnasse, donde puedes ir a visitarme cuando quieras, que de allí no me voy a mover”. Joyce sonrió y le volvió a dar un abrazo. Un ruido me hizo girar la vista a otro lado y miré que Ernest Hemingway se desprendía del marco sacando su rostro barbado y los pelos de su pecho. De pie bajó unas gradas y, sin saludarnos, abrazó al flaco Joyce y casi lo estrujó: “Mi gran amigo, te debo tanto”, le dijo el fortachón. Empero, me pareció que la relación sicológica era a la inversa al ponerse a hablar frente a un callado Beckett: los dos amigos recordaron los tragos que se echaron juntos de jóvenes, cuando hablaban de literatura y de política durante horas. Al darse pleitos con otros parroquianos, James ponía de frente al fornido Hemingway: “A ver si se atreven con él, ¡ah!” Y empezaban las bofetadas y manotazos. El fornido cazador le aseguró que Ulises y Dublineses cambiaron su manera de escribir, pues su pluma voló libre y fue así que escribió largos monólogos interiores como en El viejo y el mar. Hablaron sin rodeos de los problemas mentales familiares que les aquejaron. Ambos no bebían en las mañanas para poder escribir con la mente clara: “A veces me pasaba medio día lúcido para escribir tan solo un párrafo”. “Como Flaubert, aunque yo no exageré tanto, pero qué pasión por la palabra, Ernest, qué pasión tan grande, qué grandeza de espíritu”. “Y tú eras el guía James, tú eras nuestro guía”. Y así siguieron hablando de su deseo de ser héroes de su tiempo de las letras. Hablaron que todo primer borrador era una mierda (sic). Y sobre las guerras Joyce le recordó que las naciones tienen su ego, al igual que los individuos. Sonrieron. Beckett se incorporó a la conversación y los dejé mientras ascendí las gradas pues oí la voz de Cardoza.

Para mi sorpresa Cardoza sacaba su cara sin sacar los hombros del marco. Me dijo que no quería perderse la conversación entre el gringo fortachón y el flaco irlandés. Me confesó que García Márquez alcanzó su estilo en Cien años de soledad tras leer a Hemingway. Así se liberó de Faulkner, que era muy sinuoso y difícil de imitar. Había que atrapar al lector desde el inicio como un buen periodista que era el estadounidense. Cardoza agregó que varios grandes autores chilenos reniegan aún de Márquez, pues les resulta absurdo que las personas se leviten y aparezcan en situaciones ajenas a la vida real, con eso del realismo mágico. El término lo ideó un crítico de pintura alemán para hablar de los sueños surrealistas del inconsciente. Y oyendo lo que hablan aquellos tres Cardoza agregó: “Qué gran epopeya la de ese dúo irlandés, pues imitarlos es tan absurdo como tratar de imitar a Asturias. Pero a Hemingway hay que imitarlo, que enseña a ser simple y claro con ahorro de palabras y frases cortas. Él puede ser tu santo grial como para la poesía pudiera ser Roma… Pero debes saber que la poesía está afuera, en la calle: como dijo Dylan Thomas, abre la ventana y allí estará, sin ir a otro país”.

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